Democratizando iniciativas para el diseño de la ciudad

La tarjeta como vínculo digital permite un nuevo modelo de políticas públicas. Cada persona puede tener una carta personal de servicios públicos, entonces la política global se convierte en la suma y métrica de todas ellas.

Desde la torre de marfil

Hasta ahora, y en los mejores de los casos  establecemos políticas de participación ciudadana de arriba a abajo. De forma bien intencionada, clara y accesible para todo el mundo. Con sistemas participativos sin complicaciones, que mantengan las garantías de transparencia y que permiten lo importante: poder opinar, elegir y participar. Sin embargo, estas formas de consulta popular tienen una interacción limitada: Sólo consultamos. Escuchamos una opinión y con mayor o menor vinculación establecemos o modificamos políticas de ciudad.

Buenrollismo ilustrado

¡OjO! No es poco y ojalá todas las administraciones tuvieran esta inquietud. Hemos visto como desde determinados estamentos se tiene pavor a las consultas, las asambleas y a que los ciudadanos se conviertan en un verdadero círculo de poder.
Este modelo tiene un alcance limitado: “Os preguntamos y ya veremos”. En el mejor de los casos, se utiliza para decisiones importantes que transforman las condiciones sociales  o el entorno.

Un instrumento de doble uso

La utilización de la tarjeta ciudadana como vínculo digital puede permitir que cada persona exprese cuales son sus circunstancias y sus necesidades. En su función más básica es un elemento identificador que permite el acceso, en este caso, a las consultas. También puede ser utilizada para expresar las circunstancias personales: “Soy yo y me pasa esto”
A partir de esta situación socio-económica personal, se puede asignar a cada individuo los servicios a medida.
Si usted tiene lo que le corresponde, no tomará más de lo que necesite.
La gestión de los servicios (una de las políticas públicas) trabajará en dos direcciones haciendo que el mismo enlace digital ya creado permita relacionarse con la administración y usar los servicios.
Tenemos experiencias exitosas en este sentido.

La suma de los actos

De esta forma, cambiamos el modelo: en lugar de establecer reglas generales del estilo “transporte gratis para los mayores de 65”, establecemos bonificaciones para cada persona individual en función de sus circunstancias, más allá de la edad.
Las políticas públicas se convierten en la suma de todas y cada una de las relaciones entre la administración y cada individuo. Permitiendo de forma ágil adaptarse a las condiciones de la sociedad.

Democratiza el alicate, no la tuerca.

Uno de los problemas de las iniciativas colaborativas es la canalización de las mismas. Tenemos claros el origen, el destino y el modelo de funcionamiento, pero a la hora de mantener un funcionamiento fluido o de alcanzar el volumen necesario vemos que es necesario dedicar el mayor esfuerzo a la creación de los mecanismos de relación. Dedicamos más esfuerzo a las tuberías que al agua.
El siguiente paso natural de la aplicación de un modelo como el propuesto nos llevaría a replantear si la administración es la única entidad que puede utilizarlo.
Estas acciones no sólo pueden ser realizadas por las administraciones. Cuando creas un instrumento interactivo y lo dotas de un interfaz programable, este puede ser utilizado de forma horizontal por los mismos ciudadanos-programadores que habitan tu ciudad. A partir de datos abiertos e instrumentos programables se pueden crear nuevas soluciones, desde aplicaciones que ayuden a compartir recursos, a visibilizar problemas o a canalizar beneficios sociales, ya sean prestado por individuos, empresas o instituciones de otros ámbitos.