Ciudades digitales del bien común

etopiaBN

Fotografía: @EBiencomun

¿Son posibles las ciudades digitales del bien común? ¿Podemos empezar a imaginarlas? ¿Es posible construirlas o, por el contrario, son y seguirán siendo una utopÍa? El 17 de Junio de 2016 tuvimos la suerte de participar en nuestra ciudad, Zaragoza, en la mesa redonda “La como marco de encuentro para la transformación económica y social”, que sirvió de arranque para la tercera Asamblea de la Economía del Bien Común.

Para empezar, sean cuales sean los pasos para poner en marcha una economía del bien común éstos pasarán por las ciudades, aunque sólo sea porque es en ellas donde la gente ha decidido vivir. Y donde hay mucha gente, hay muchas ideas, por eso nuestro trabajo consiste en conectarlas con las infraestructuras digitales de la ciudad. De esta manera podemos aspirar a diseñar los servicios públicos no de abajo a arriba, sino de manera colaborativa. Por eso hemos puesto en marcha, nos recuerda la concejal Teresa Artigas en la inauguración, laboratorios como el Open Urban Lab.

Otro rasgo de las futuras ciudades digitales del bien común: el código abierto. Las infraestructuras de código abierto, ya sean software, electrónica, redes, datos, laboratorios, espacio público o edificios han de tener 4 rasgos distintivos: ser entendibles, ser accesibles (no a las barreras económicas, tecnológicas ni arquitectónicas), ser reconfigurables y ser comunitarias, es decir, ligar su éxito al éxito de la comunidad. Zaragoza tiene los mimbres para avanzar hacia una verdadera ciudad de código abierto. Sólo nos falta una mejor narrativa.

Sigamos. Se habla mucho de fuentes de energía: petróleo, renovables… pero olvidamos a menudo considerar la nueva materia prima de la economía digital: los datos. Las ciudades se asientan sobre una gran mina de oro: nuestros datos, los que nos dan poder como consumidores y aquellos cuya pérdida lleva consigo también la pérdida de nuestra privacidad. Existe un nuevo colonialismo que pasa desapercibido envuelto en el disfraz deslumbrante de los nuevos servicios de internet o en el neo-capitalismo sexy de la mal llamada “economía colaborativa” (Über, AirBnB,…). ¿Acaso las administraciones municipales pueden eludir totalmente el papel de proteger este nuevo bien estratégico que son los datos de los habitantes de la ciudad? ¿Pueden los ayuntamientos crear esquemas de compartición de datos (anónimos, agregados) que permitan crear valor económico, social y científico para nuestras comunidades locales?

Enlazado con lo anterior, pensamos que no hay economía del bien común si no ponemos en marcha la “innovación del bien común”. La innovación del bien común produce bienes y servicios para el bien común, pero ha de ser tan rápida y disruptiva como la innovación que sustenta la “otra economía”. Y sus productos han de ser de calidad y, por qué no decirlo, atractivos. El diseño es clave hoy en día, y si los productos de las economías alternativas no están bien diseñado su consumo no dejará de ser un acto de militancia. Minoritario, por tanto. Cuenten con los artistas y diseñadores para la innovación disruptiva y atractiva, vengan a centros como Etopia que, en palabras de Víctor Viñuales, llevan en su ADN la imprescindible “polinización cruzada” entre emprendedores, artistas y tecnólogos.

Según nuestro colega Francisco Álvarez (“La bolsa y la vida”), el éxito de la economía del bien común vendrá definido por la capacidad de generar proyectos win-win, con ganancias mutuas entre sus impulsores y la sociedad, y no nos resistimos a mencionar el proyecto Ztaxi Accesible en el que, gracias a una infraestructura digital como la tarjeta ciudadana y a la colaboración entre las cooperativas del taxi, los concesionarios, el Ayuntamiento de Zaragoza y las asociaciones de discapacitados físicos, todos los agentes del proyecto se benefician: los taxistas ganan usuarios, los concesionarios venden taxis adaptados, el Ayuntamiento reduce el coste del servicio del transporte a discapacitados y, especialmente, las personas con movilidad reducida pueden, para sus desplazamientos habituales, usar el taxi a precio de autobús urbano.

Finalizamos respondiendo a la pregunta inicial de Paco Rojas: ¿cómo se mide el progreso hacia una ciudad digital del bien común? Citamos para ello el informe de generación de riqueza de CIEM Zaragoza, una incubadora con un diseño arquitectónico en forma de corrala para favorecer la creación de comunidad y el mutuo apoyo entre emprendedores, y cuyo diseño técnico, equipada con las últimas tecnologías de edificación eficiente, la convierte en un edificio “cero emisiones”. La riqueza que genera es triple: económica, medioambiental, y social. Sus empresas crecen más rápido, lo hacen de manera más respetuosa con el medio ambiente, exportan más, consumen más proveedores locales que la media y tienen una mayor cuota de empleo femenino. Un empleo, además, de mayor calidad.

Insistimos, cualquier tipo de economía alternativa tiene que tener en cuenta los dos fenómenos más determinantes que configuran las reglas de juego hoy en día: la tecnificación y la globalización. Apliquemos los valores distintitvos de esta Europa en que vivimos: derechos cívicos y sociales, respeto al medioambiente, calidad de vida, y combinémoslos con tecnología e innovación para configurar así proyectos, que surgiendo desde nuestras comunidades de emprendedores locales, puedan competir en cualquier mercado.

Por todo lo anterior, el próximo 25 de Junio lanzamos nuestro primer hackatón cívico “100 ideas ZGZ” destinado a los ciudadanos más inquietos. Nuestro objetivo, materializar sus ideas en proyectos concretos con la ayuda de mentores, emprendedores, científicos, tecnólogos y artistas comprometidos con Zaragoza. Cien pasitos, quizás, hacia la ciudad digital del bien común.

Artículo publicado bajo licencia Creative Commons de cultura libre. Algunos derechos reservados.

Un pensamiento en “Ciudades digitales del bien común

Los comentarios están cerrados.