Curar y prevenir. Ciudades anti-crisis

Las ciudades pueden ser clave en la mejora de la economía si se comprende su potencial de generar oportunidades para la ciudadanía, para las empresas y para las instituciones. La gente lo comprendió en primer lugar, por eso las ciudades llevan tiempo atrayendo población. Recientemente, la Comisión Europea también ha comprendido que las ciudades no son el problema, sino la solución, y por eso va a dedicar ingentes recursos para proyectos de ciudad inteligente en la próxima década.

Hagamos un paralelismo con la sanidad. La esperanza de vida en España ha aumentado en más de 40 años en solo un siglo, no tanto por los efectos de la medicina “curativa” como, sobre todo, gracias a la medicina preventiva y a factores sociales: alimentación, higiene, vacunación, ausencia de conflictos bélicos a partir de la década de los 40, etc

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¿Quiere decir esto que debamos dejar de invertir en hospitales o en el sistema nacional de trasplantes? En absoluto. La sociedad debe cuidar a quien sufre. Pero conviene no olvidar tampoco que las políticas de prevención hoy (recientemente la legislación anti-tabaco o la reducción de accidentes en carretera son buenos ejemplos) ahorran las tragedias personales de mañana.

La crisis que estamos sufriendo hoy en día está mermando las “esperanzas” de vida de mucha gente. Debemos dedicar recursos a políticas de acción social “curativas” por esa responsabilidad que nos une a los que lo pasan mal. Pero para prevenir dramas futuros es necesario también realizar políticas preventivas anti-crisis. Hoy debería resultar más sencillo razonar a favor del cambio de modelo productivo que hace una década. Pero el 27,2% de desempleo no parece ser aún argumento suficiente. El justo clamor de una sociedad en caída libre, por un lado, y las directrices de austeridad que vienen del corazón luterano de la vieja Europa, por otro, impiden dedicar recursos para asegurar un futuro crecimiento sostenible.

Y, sin embargo, hay una legión de talento ahí afuera dispuesta a arrimar el hombro. Sus manos, más que poseer destrezas curativas, saben “picar” código, configurar routers, escribir blogs, gesticular para explicar y convencer, agitar las redes sociales, cacharrear, construir… La mayoría de estas manos son guiadas por mentes despiertas e inquietas. Mentes y manos que configuran una capa social de ciudadanos inteligentes en la que las ciudades y los estados pueden apoyarse para impulsar la innovación.

Pero para ayudar a este batallón de fuerzas anticrisis a llevar a cabo su tarea preventiva a medio y largo plazo, es necesario crear las condiciones adecuadas a su alrededor: potentes infraestructuras de internet y banda ancha (vivimos en una era en la que las telecomunicaciones juegan un papel tan importante para el desarrollo como antaño las carreteras, trenes y puertos), educación en todos sus niveles (la búsqueda de talento es la nueva “fiebre del oro”) y condiciones para el emprendimiento (incubadoras de empresas, políticas fiscales, acceso a capital riesgo…) España, inmersa en una honda crisis democrática, necesita añadir una cuarta condición: la de un verdadero gobierno abierto que suture la brecha entre instituciones y sociedad.

Retomando el paralelismo sanitario, la medicina curativa en último extremo salva vidas en peligro; la preventiva aumenta décadas la esperanza de vida de todo un pueblo.

Nota: acabamos de esbozar una especie de “teoría innovadora débil”, o la innovación como prevención ante futuras crisis. También existe la “teoría innovadora fuerte”, o la innovación como único camino para salir de ésta. Ambas son complementarias. Para una demostración empírica de la segunda, el 29 de Abril se presenta el libro “Innovar o morir”. Esperamos verles allí.

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