Innovando en incubación empresarial pública: la riqueza está en el interior

Hasta hace unos pocos años, el modelo más extendido de incubadora pública de empresas era el de un edificio, generalmente en un parque tecnológico, que proveía de servicios básicos comunes como reprografía, correo y salas de reuniones con, a lo sumo, ciertas actividades de dinamización (eventos, presentaciones, o formación). Este modelo, de dudoso atractivo para los emprendedores más dinámicos, se sostenía con dificultad, ayudado por la falta de competencia o alternativas.

En los últimos tiempos, unido a la recuperación del interior de las ciudades como lugares atractivos para la innovación, está surgiendo otro modelo de incubadoras en el que, sin descuidar los servicios básicos, se pone el acento en los servicios de aceleración empresarial claves para el éxito de las empresas: análisis estratégico de producto y de mercado, fortalecimiento de los equipos gestores, acceso a financiación y a redes de capital semilla, internacionalización, etc. Son el mismo tipo de servicios que se ofrecen en las mejores aceleradoras privadas. El hecho de que, en nuestras ciudades, la iniciativa privada no desarrolle este tipo de incubadoras, es razón suficiente para que los poderes públicos tomen la iniciativa y, con el mismo nivel de calidad y ambición más una dosis extra de transparencia, cubran ese déficit innovador.

En Julio pasado, presentamos el Informe de Riqueza correspondiente a los dos primeros años de andadura de nuestra principal incubadora de empresas, el CIEM (Centro de Incubación Empresarial de Milla Digital). Dicho informe, elaborado por la empresa Init Services, contratada por el Ayuntamiento de Zaragoza para la gestión del centro a cambio de un canon, constituye uno de los intentos más serios hasta la fecha de medir el impacto económico y social de una incubadora de empresas. El equipo de Init Services ha hecho suya la visión innovadora municipal y, con grandes dosis de trabajo e ingenio (y austeridad), ha construido su propia narrativa para el CIEM. Una narrativa basada en la colaboración entre miembros de una comunidad empresarial que no pierde de vista que su objetivo es generar retorno económico y, por extensión, social. Todo ello genera una riqueza que no siempre se conoce por el gran público, pero de la que el tejido empresarial de la ciudad y su entorno se beneficia.

Datos como que el 80% de las empresas incubadas consigue consolidarse al cabo de 2 años, o que el 40% del empleo creado es femenino, o que las empresas incubadas exportan por valor de 1 Millón de Euros al año son para estar satisfechos. Pero lo realmente llamativo es que las empresas incubadas en el centro están generando 1.5 Millones de Euros al año en impuestos, es decir, en menos de 4 años estarán devolviéndonos con creces los 5.4 Millones de Euros que los ciudadanos invertimos en el edificio. No creemos que las inversiones públicas deban medirse solamente por un cálculo de rentabilidad monetaria, pues no está acreditado que sepamos calcular el valor de un hospital o de una escuela con estos parámetros. Sin embargo, cuando se habla de que destinar fondos a este tipo de proyectos es “tirar el dinero”, hay que recordar que los impuestos que al año ingresa la comunidad empresarial del CIEM equivalen al montante de las ayudas al alquiler social (1 Millón de Euros) más las ayudas urgentes para comedor escolar (500.000 Euros) del Ayuntamiento de Zaragoza.

Zaragoza ha realizado ciertamente algunas apuestas arriesgadas en materia de innovación en los ultimos años, como la migración a software libre, la creación de una de las redes WiFi públicas más extensas de Europa, la construcción de un centro de creatividad e innovación con ambición global, o la puesta en marcha de alguna de las primeras incubadoras de start-ups de titularidad 100% municipal, por citar solo algunas.

Todos los proyectos han sido pensados con el objetivo de generar y fijar riqueza en la ciudad y en su entorno. Riqueza en puestos de trabajo, en atracción de talento, o en actividad económica. La mayoría de estos proyectos tienen un retorno de inversión a medio y largo plazo y, en todo caso, difícil de cuantificar, pero ello no quita para que, como gestores públicos responsables de los fondos que administramos, no debamos preocuparnos por medirlo y por transmitirlo a la ciudadanía.

Nota: agradecemos a Nacho Torre, responsable de innovación de Ibercaja, por enviarnos uno de los artículos a que hace referencia este post.

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