¿Existen las Smart Cities?

¿Qué pensará un ciudadano de vuelta a casa por un barrio mal iluminado de la ciudad X tras leer esa misma mañana en el periódico que X es una “smart city especializada en alumbrado inteligente”? ¿o la ciudadana que espera desde hace rato un bus que no llega en la ciudad Y cuando escucha que Y es “referencia internacional en smart mobility”? ¿o los que circulan por una avenida mal pavimentada en la ciudad Z cuando oye que “gracias a la n-ésima versión de la app fix-my-street los ciudadanos de Z reportan diariamente los baches a su Ayuntamiento”?

Al margen de una desconfianza creciente en la política y en la prensa (merecida probablemente, en un caso por lanzar titulares con escaso fundamento y en el otro por difundirlos con acrítico acatamiento), los ciudadanos de X, Y y Z pensarán, probablemente, que alguien les está tomando el pelo. Podemos creernos que cualquier ciudad sea una Smart City. Todas, menos aquella en la que vivimos. Nadie vive en una.

Por ello cabría cuestionarse la propia existencia de las Smart Cities si no fuera porque, de un tiempo a esta parte, el asunto ocupa la mayor parte de los foros tecnológicos, de los programas de financiación pública y de las sesiones comerciales entre empresa y administración. Recientemente, incluso AENOR ha comenzado un proceso de “normalización” en este ámbito.

De ninguna manera pretendemos resolver aquí el espinoso asunto de la existencia de las Smart Cities. Si el lector está de acuerdo con lo anterior, concluirá con nosotros de que tal asunto es, a estas alturas, una cuestión de fe: existen por ahora pocas evidencias empíricas, pero se debate y se habla mucho de ello, y se anticipan ingentes cantidades de financiación.

A este respecto, cabría cuando menos señalar que, lejos de haber un único credo Smart Cities, parece que cada gran compañía predica el suyo a la espera de convertir a alguna ciudad, e incluso se sabe de ciudades que tratan de elaborar un discurso propio. En este gran embrollo, los técnicos municipales, los “city makers”, miran de reojo a otras ciudades y encuentran a veces señales de que su ciudad es, irrefutablemente, una Smart City, en elementos que al común de los mortales les parecerían irrelevantes: unas antenas WiFi colgadas de otras tantas farolas, una red de sensores o, simplemente, una nueva app ciudadana disponible para su descarga en el móvil. Sea.

Por eso, más allá de actuaciones puntuales, parece necesario establecer algunos rasgos comunes que nos permitan descubrir a una Smart City cuando estemos en su presencia. Ante esto, tampoco nos pondremos de acuerdo, porque unos harán énfasis en la existencia de una capa tecnológica transversal (el famoso bus de integración), otros en las soluciones verticales (sensores, actuadores, sistemas inteligentes de toma de decisiones), otros en modelos económicos de contratación que mejoren la eficiencia en el gasto y la operación de los servicios, y otras ciudades serán smart desde el punto de vista organizativo (el aspecto más difícil, probablemente, y el más importante). En definitiva, hay tantos modelos como ciudades, ya que cada ciudad, confrontada a la cuestión, se mirará al ombligo y, de la mano de su proveedor de Smart City tratará de decirle al mundo, alto y claro… “la Smart City, era esto”.

Muchos técnicos en otras tantas ciudades seguiremos trabajando para que nuestras ciudades sean más inteligentes, de eso no cabe duda, y lo haremos con toda la pericia e ilusión de que seamos capaces, aunque solo sea porque intuimos (aunque no sepamos muy bien razonar el por qué), que parte del éxito de nuestras ciudades está ligado a su capacidad de mejorar su inteligencia.

Pero más allá de que nos desvivamos por mejorar nuestras ciudades, no hay que perder de vista que, por encima de los lugares están las personas que los habitan, que hoy en día nuestras ciudades se desangran de profesionales cualificados que parten hacia otras ciudades (qué poco le importa al que se marcha que su destino sea o no una ciudad llamada inteligente), donde encontrar el trabajo que aquí escasea, y que, en esta coyuntura, no estaría de más que considerásemos una afirmación del controvertido Edward Glaeser, el cual, en su polémico libro “El triunfo de las ciudades” aconsejaba a los responsables políticos que se dejaran de zarandajas e invirtieran fundamentalmente en educación: un alcalde que ha contribuido a que sus ciudadanos, venía a decir, estén capacitados para buscarse las lentejas en cualquier parte del mundo, no debería sentir que su gestión al frente de la ciudad haya sido un fracaso.

Formar ciudadanos autónomos, que ejerzan activamente su ciudadanía, capaces de “construir ciudad” allá donde habiten, con ganas de continuar su crecimiento personal independientemente de su lugar de residencia, debería formar parte de los objetivos y de la medida del éxito de cualquier ciudad. Exista o no el “ente superior” llamado Smart City, los individuos tenemos el derecho a continuar, si así lo deseamos, la búsqueda incesante de nuestra autorrealización allá donde existan buenas oportunidades. “Abrir” la ciudad significa hacerla más participativa, pero también significa abrir sus puertas, tanto de entrada como de salida.

Pero, ¿y si ambos principios, el de la mejora de la inteligencia de la ciudad y el de la búsqueda de la inteligencia y autonomía ciudadanas, fueran compatibles? ¿Qué pasaría si la ciudad, en su proceso de mejora, y en un alarde de citizentrismo, tomase al ciudadano como verdadero eje? ¿Si, abriendo las puertas de sus instituciones a aquellos ciudadanos capaces de transmitir y difundir nuevas ideas, tanto la ciudad como sus habitantes entraran en un nuevo ciclo de aprendizaje y de oportunidades?

El proyecto de “Etopia. Centro de Arte y Tecnología” tratará de explorar en los próximos tiempos el camino de la inteligencia y autonomía ciudadanas. De paso, pondremos en marcha el laboratorio de I+D de la ciudad inteligente, inclusiva y abierta. Si ésta existe, la encontraremos. Y si no, la construiremos.

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6 pensamientos en “¿Existen las Smart Cities?

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    • Gracias. Eso es lo que intentamos; ser críticos (y autocríticos) y constructivos, ya que nuestro trabajo es “construir” ciudad.

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