Desregulando la ciudad

 

Durante la última sesión de trabajo de New Century Cities (la red de ciudades inteligentes del M.I.T.) en Zaragoza dedicada a la construcción de “lugares abiertos” (“open place-making”), se analizó la experiencia de las “Zonas desreguladas” de Sydney, Australia, porciones de espacio público degradado en las que las autoridades decidieron facilitar la apertura de pequeños negocios reduciendo a la mínima expresión los requerimientos de licencias (hasta el punto de que ni siquiera era necesario disponer de lavabo). Poco a poco, calles, plazas y rincones fueron recuperando su vitalidad perdida.

Pero las ciudades hoy son en realidad una superposición del espacio público físico, y del espacio público digital. En ambos planos compartimos nuestras experiencias, discutimos, nos relacionamos, aprendemos, escuchamos, nos divertimos. Gran parte de nuestra vida hoy en día se desarrolla en esa especie de “espacio público extendido” que forman lo físico y lo digital.

Por tanto, cualquier iniciativa de mejorar la ciudad, de hacerla más accesible, más interesante, más rica, deberá tener en cuenta ambos planos: el del suelo que pisamos, y el de las redes que ocupamos.

No es de extrañar, como los recientes ejemplos de Chicago y Seúl indican, que más y más ciudades crean que la existencia de redes WiFi ubicuas y accesibles son un factor de crecimiento económico. Aparece, por tanto, la necesidad de atender y cuidar el espacio público digital de la misma manera que mantenemos nuestras plazas limpias, iluminadas y sin barreras arquitectónicas.

Sin embargo, con la excusa de la libertad de mercado y tras un proceso de liberalización cuando menos imperfecto, en Europa sufrimos una regulación del espacio público digital a todas luces excesiva. Las ciudades tienen muy difícil dar WiFi gratis o a precios asequibles. Sí, nos dejan ofrecer wifi gratis en los parques (pero ¿alguien ha intentado usar un portátil al sol en un parque? De hacerlo con lluvia ni hablamos, evidentemente…), o evitando que la señal no llegue a las viviendas, o a velocidades no superiores a los 256 Kbps (retrocediendo por tanto 15 años en la historia de la banda ancha), etc.

La conexión con las “Zonas desreguladas” de Sydney es, pues, inmediata. Si pudiéramos establecer “Zonas wifi” desreguladas en la ciudad como herramienta para ayudar al desarrollo económico de sus gentes, quizás lograríamos espacios públicos mucho más vivos, abiertos e interesantes. Y con ello también más ricos, sin duda.

En Zaragoza hemos tratado de construir una zona WiFi “lo más desregulada posible” teniendo en cuenta el marco normativo español. La red WiFi de Zaragoza ofrece conexión en 462 puntos de acceso a 512 kbps, al precio de 30 Euros / año (15 EUR / año para desempleados y jubilados.) Sin restricción de horarios, ni de puertos, ni de contenidos, ni de protocolos. En estas condiciones, es posible que empiecen a aparecer pronto signos de cómo la red ayuda a ciertas actividades económicas.

Pero siguiendo el ejemplo de Sydney, y pensando en algo mucho más tradicional en nuestras latitudes como son los rastrillos, en la sesión de New Century Cities se propuso establecer una WiFi totalmente gratuita de manera temporal con ocasión de estos mercadillos ciudadanos, auténticos ejemplos de “open place-making”, donde cada ciudadano, sin casi barreras regulatorias, puede poner un puesto en la calle. Ya sea en el tradicional rastro o acompañando a actuaciones urbanas de nuevo cuño como “Made In Zaragoza”, el espacio público digital puede ser una valiosa herramienta hacia una ciudad más viva y más abierta.
Share