Las claves del fiasco de Sidewalk Labs en Toronto

El pasado 7 de Mayo se consumó el fiasco de Sidewalk Labs en Toronto. La filial del grupo Alphabet (al que también pertenece Google) anunció ese mismo día por boca de su CEO Dan Doctoroff que renunciaba a seguir con el proyecto del Quayside. Las razones que públicamente aduce la compañía tenían que ver con la incertidumbre económica creada tras la pandemia del coronavirus. Aunque a nadie se le escapa que no vivimos el mejor momento para los negocios, el coronavirus por sí sólo no explica que Sidewalk Labs haya finalmente tirado la toalla.

Desde hace algunos meses, como alumno de doctorando de la UPM vengo realizando un trabajo de investigación sobre el caso del Quayside. Estas son algunas de las claves que he encontrado para explicar la verdadera historia del fiasco de Sidewalk Labs en Toronto.

La soberbia

Deliberadamente ponemos esta razón en primer lugar, pues está en el origen de todo y es el desencadenante último de todo lo demás. Sidewalk Labs, encabezado por su CEO Dan Doctoroff, es una empresa cuyo núcleo viene del mundo de las finanzas de Wall Street. Gente acostumbrada a descubrir nuevos nichos de hacer dinero, a convencer, a salirse con la suya. Trataron de hacer de Toronto una ciudad innovadora sin contar con los agentes locales y quedándose con las partes más jugosas del pastel. Pensaron que dándole suficiente brillo a la tecnología y prometiendo 90.000 empleos deslumbrarían a los provincianos para venderles su agenda: el viejo mantra del despotismo ilustrado de “todo para el pueblo, pero sin el pueblo” pero en versión Wall Street – Silicon Valley: “la mayor parte para Google, pero con los datos y el dinero del pueblo”.

Pero los ejecutivos de Sidewalk Labs se pasaron de frenada. Como parte de uno de los proyectos inmobiliarios mayores de Norteamérica (la revitalización del Waterfront de Toronto), se olvidaron de contar con los promotores locales. Y en un proyecto cuya bandera era la innovación dejaron a un lado a las firmas tecnológicas canadienses. Finalmente, cuando ya era demasiado tarde montaron una estrategia de participación ciudadana que era pura fachada.

Como muestra de la poca consideración de Sidewalk Labs hacia las comunidades locales, durante los 5 años que duró realmente la participación de Sidewalk Labs en el proyecto del Quayside (Doctoroff en su artículo de renuncia reducía este periodo a solo 2 años y medio, pasando por alto que Sidewalk Labs y Waterfront Toronto empezaron a colaborar entre bambalinas mucho antes de que se hiciera público el concurso), la hermana inmobiliaria de Google no llegó siquiera a nombrar a un alto representante sobre el terreno. Trataron de manejar el proceso del Quayside al estilo Google, “desde la nube”. Error.

El gran hermano

Si de algo sabe Alphabet (o Google), es de la compleja ciencia de manejar datos. Muchas de las patentes del Big Data y tecnologías relacionadas de hoy en día (como la inteligencia artificial) han salido de los propios equipos de ingeniería de Google. Google es, en sí misma, un formidable sistema de almacenar, indexar y dar sentido a los gigantescos volúmenes de datos que se almacenan tanto en la nube como en Internet. Ya explicábamos en un artículo cómo toda esta ciencia de datos puede aplicarse a la innovación urbana para crear valor. Y eso es, ni más ni menos, lo que los ingenieros de Google propusieron en su visión de Toronto Tomorrow como un gran experimento a escala real de la Smart City.

Un sinfín de sensores tanto en la vía pública como en los domicilios registrarían nuestros movimientos, anticiparían nuestras necesidades y ayudarían a optimizar el hábitat urbano. Un despliegue de redes de fibra, Wi-Fi y 5G que enviarían esos datos a las plataformas digitales que, centralizadamente, controlarían la movilidad, el espacio público, la energía y la recogida de residuos. Y unas entidades privadas que, a cambio de un pago mensual por parte del Ayuntamiento de Toronto, se encargarían de la gestión de toda esta infraestructura tecnológica.

Un enfoque privatizador y tecnocentrista que no supo reconocer a tiempo los riesgos para la privacidad y los derechos digitales. Cuando, tras el escándalo de Cambridge Analytica en 2017, la opinión pública empezó a plantearse en serio estas cuestiones, Sidewalk Labs despreció las críticas y a los críticos, empezando por la propia ex-Comisionada de Privacidad de Ontario Anne Navoukian, una reputada experta en protección de datos, que dimitió sonoramente de su puesto de asesora de Sidewalk Labs al considerar que la empresa estaba poniendo en marcha un modelo de Smart City de fomento de la vigilancia frente a un modelo de respeto a la privacidad.

La Resistencia

Soberbia, desprecio a los derechos digitales, falta de complicidad y empatía con el tejido tecnológico y participativo local,… el caldo de cultivo de la resistencia estaba servido. En la era de las redes sociales y de los blogs, la resistencia se organizó alrededor de la iniciativa Block Sidewalk, de la que surgieron iniciativas como la carta de +100 agentes locales contra el proyecto de Sidewalk Labs.

Desde las páginas de The Globe and the Mail, uno de los periódicos más influyentes de Toronto, Josh O’Kane ejerció una constante práctica de crítica periodística al proyecto. Desde el tecno-activismo, Bianca Wylie, a la que algunos llaman la nueva Jane Jacobs, se erigió como cabeza visible de la resistencia en los blogs y en las sesiones participativas organizadas por Sidewalk Labs y Waterfront Toronto.

Aunque estos movimientos de resistencia no fueron quienes tumbaron el proyecto del Quayside, pusieron en la agenda algunos de los temas claves y fueron, en cierta medida, quienes descubrieron algunos de los graves problemas que derivarían posteriormente en el fiasco de Sidewalk Labs en Toronto. Delataron la privatización encubierta de los servicios públicos que el proyecto escondía, confrontaron con el modelo de smart city, y alertaron contra el menoscabo general que la propuesta de Sidewalk Labs significaba para el concepto del derecho a la ciudad que Henri Lefebvre había planteado ya en 1968.

También desde los ámbitos sociales fue muy criticada la política de vivienda diseñada por Sidewalk Labs. Incumpliendo los mínimos en materia de vivienda protegida, presentaba una batería de innovaciones constructivas, logísticas, tecnológicas, normativas y de financiación destinadas a abaratar los costes sin una influencia real en los precios. En Open Your City dedicamos un artículo a explicar en detalle por qué, en realidad, los pisos que Google ofrecía en el Quayside y en las Port Lands serían pequeños, compartidos y muy caros. Algo lógico si partimos de la base de que todo el proyecto de Sidewalk Labs se basa en la maximización de las plusvalías inmobiliarias.

La escala
Quayside
Área de las 5 Ha del Quayside. Fuente: Sidewalk Labs

El Quayside es un pequeño lote de apenas 5 Ha en la parte de este de la orilla del Lago Ontario. Demasiado pequeño para que las inversiones en tecnología puedan rentabilizarse mediante las plusvalías inmobiliarias, como buscaba Sidewalk Labs. Por eso, aunque las autoridades de Toronto publicaron un concurso público restringido al Quayside, Sidewalk Labs respondió con una propuesta mucho más ambiciosa que incluía las codiciadas Port Lands. Las Port Lands constituyen un terreno de 77 Ha de antiguos desechos industriales y propenso a inundaciones, que las administraciones se habían propuesto revitalizar mediante cuantiosas inversiones (1.250 CA$).

Las aspiraciones de Google no gustaron a los principales promotores canadieneses (algunos de los cuales estaban sentados en el consejo de administración de la sociedad pública Waterfront Toronto). No fue suficiente que Sidewalk Labs incluyera en su propuesta para el IDEA District (el conjunto del Quayside más las Port Lands) el caramelo de instalar el cuartel general de Google Canadá en la zona. En 2019, las administraciones canadienses decidieron cortar el paso a Sidewalk Labs, evitando que consolidara una posición de privilegio como promotor principal de las Port Lands.

Sidewalk Labs's Idea District
El “IDEA District”. Fuente: Sidewalk Labs

Con el proyecto reducido a su tamaño original, a Sidewalk Labs comenzaron a no salirle las cuentas. 5 Ha son sólo unas pocas manzanas, y las esperadas plusvalías inmobiliarias serían claramente insuficientes para financiar un despliegue tecnológico tan vasto como incierto. He aquí, en la práctica, la razón más importante del fiasco de Sidewalk Labs en Toronto.

Por otra parte, Sidewalk Labs contaba con hacer subir el precio de los pisos del Quayside gracias a la llegada del metro ligero al Quayside. Para ello, había proyectado dos estaciones que financiaría con parte de los ingresos municipales en licencias urbanísticas e impuesto de bienes inmuebles que el Ayuntamiento recaudara gracias a la actividad inmobiliaria en la zona de las Port Lands. También en este caso el Ayuntamiento acabó retrocediendo, dejando en el aire el pretendido derecho de Sidewalk Labs a reclamar inversiones en transporte público.

La gran cicatriz: la Gardiner Expressway

El asunto del metro ligero no fue el único contratiempo que Sidewalk Labs recibió en materia de movilidad. La gran autopista Gardiner Expressway es un vestigio del urbanismo orientado al automóvil de la keynesiana norteamérica post-Segunda Guerra Mundial. Sólo superada en número de carriles por la autopista de Houston, la Gardiner constituye un enorme tajo que parte a la ciudad de Este a Oeste, separando el vibrante centro del decaído frente fluvial.

Sidewalk Labs's preferred option for Gardiner Exopressway
Alternativa inicialmente elegida para convertir la Gardiner en un bulevar urbano. El Quayside se hubiera visto libre de la molesta cicatriz. Fuente: Waterfront Toronto

En 2009, Waterfront Toronto recibió el mandato de comenzar el estudio de alternativas para la Gardiner, con el objetivo de reconectar la ciudad con el lago (es decir, reducir el “efecto borde” de esta infraestructura viaria), toda vez que el mix de movilidad se mantenía equilibrado. Para ello, se iniciaron los estudios de impacto de varias alternativas para la remodelación de su tramo Este (junto al Quayside) que iban desde dejar la Gardiner como estaba a derribarla completamente, sustituyéndola por un gran bulevar.

En febrero de 2014, se informó por parte de los técnicos municipales a favor de la opción más radical. Para sostener la decisión, los técnicos argumentaron su menor coste (240 millones CA$), la liberación de 4 Ha de terrenos para futuros desarrollos, y el alineamiento con los objetivos generales del proyecto de revitalización del Waterfront (en términos de espacio público de calidad, de permeabilización de la conexión ciudad-lago, etc).

Gardiner Express final alternative
Alternativa elegida como resultado de las presiones de First Gulf. Fuente: Waterfront Toronto

Sin embargo, con el informe de los técnicos sobre la mesa, apareció un elemento que iba a cambiar el curso del proyecto Gardiner. En 2012, la compañía First Gulf había comprado las 11 Ha de los terrenos industriales adyacentes al río Don en la margen izquierda de su desembocadura (lado Este), en una zona llamada East Harbour. Los impulsores del proyecto East Harbour, con la promesa habitual de creación de empleo (en este caso, 70.000 puestos de trabajo), requerían que la Gardiner permaneciera en pie para desembocar el tráfico rodado a las puertas de su parcela. Tras una intensa campaña de lobby consiguieron que Waterfront Toronto considerara una nueva alternativa (denominada “híbrida”) a la conversión de la Gardiner en un bulevar urbano.

Cosas de la vida, a Google le había salido un competidor más fuerte y un vecino más influyente. Una vez enterrado el proyecto del Quayside tal y como lo conocemos y constatado el fiasco de Sidewalk Labs en Toronto, el tiempo dirá qué suerte corre el nuevo proyecto en el vecino East Harbour.

El tiempo

El Quayside parece la última expresión, llevada al exceso, de esa idea de principios de los años 90 del pasado siglo de que la innovación ha de estar concentrada en un distrito concreto de la ciudad. Si en los inicios de los distritos de innovación urbanos las ciudades buscaban “anchor tenants”, o empresas tractoras, para conseguir ese efecto de arrastre inicial, Toronto dio un paso más al pedirle a Google, además de la instalación de su cuartel general, que se encargara de la promoción urbanística de la zona.

También ocurre que el capitalismo de plataforma que Google y otras multinacionales proponen se está haciendo viejo aceleradamente. De considerar a Uber y AirBnB como “economía colaborativa” hace escasamente 5 años, las ciudades han pasado a constatar sus amenazas. Por su parte, la conectividad en el espacio público que antes se consideraba como la puerta de acceso a la información y a la igualdad de oportunidades, hoy se ve como la ventana a través de la cual las multinacionales nos espían. Hoy hay una conciencia crítica de la tecnología que antes no existía.

Queda por ver quién extrae más lecciones de fiasco de Sidewalk Labs en el Quayside de Toronto. Podría ocurrir que las ciudades se dieran cuenta de que pueden realizar las estrategias de innovación urbana por su cuenta, sin descargar esa responsabilidad en los cerebros de Silicon Valley. O pudiera ser, como es más probable, que sean las grandes multinacionales las que aprendan de los errores de Google. Y que el próximo asalto al derecho a la ciudad, quizás aprovechando que las ciudades tienen la guardia baja debido a la crisis del covid-19, sea el definitivo.

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