El derecho a la ciudad de Henri Lefebvre en la era post covid19

De las muchas cosas que el Covid-19 nos ha robado, una de ellas es sin duda el derecho a la ciudad. Henri Lefebvre (1901-1991) formuló en 1967 el “derecho a la ciudad” como el derecho a una vida urbana transformada y renovada, que mira al espacio urbano como un lugar de uso y disfrute.

La idea del pensador francés trataba de despojar la ciudad de su mero papel de instrumento para el intercambio mercantil o, aún peor, de un cierto aire de tubería por la cual los humanos circulamos entre nuestra casa, nuestro trabajo, y nuestras compras. Hoy, los que más presionan por acabar con el encierro, desde Estados Unidos a Brasil, lo hacen porque necesitan re-activar a toda costa ese formidable dispositivo de relojería que es la ciudad industrial. Llevan siglos, desde la invención de la máquina de vapor hasta nuestros días, desde Ford hasta Amazon, aspirando a construir la ciudad-tubería (de trabajadores, de mercancías, de productos elaborados que llegan hasta nuestra puerta) perfecta. Ahora le llaman “Smart City”.

Lefebvre supo ver anticipadamente muchas cosas. Observó, ya en 1967, que la Atenas moderna dependía en demasía de la especulación inmobiliaria, que había creado “un circuito frágil que en cualquier instante puede romperse y que define un tipo de urbanización sin industrialización” y que, por tanto, “mantiene una prosperidad ficiticia”. De modo que, si Jane Jacobs alertó en 1958 sobre la futura ruina de Detroit, Henri Lefevbre hizo lo propio con el estallido de la burbuja griega.

Ciudades ecosistema

Comprendió el pensador francés también la naturaleza de la ciudad, que no era ni la máquina que soñaban los futuristas, ni el cuerpo dotado de órganos diferenciados que con tanto infortunio construyeron Le Corbusier y sus discípulos. La ciudad que observó y comprendió Lefevbre funciona como un ecosistema: compleja, interdependiente, orgánica, distribuida y robusta. Sólo cuando el hombre fuerza su diseño y construcción para asemejarla a una fábrica, por ejemplo a base de hacer pasar todo el tráfico por grandes arterias, o centralizando los lugares de decisión, es cuando la ciudad se vuelve lineal y frágil.

Pero antes de definir el derecho a la ciudad, Levebvre, como riguroso filósofo que ha de avanzar sobre terreno sólido, aclara la definición de ciudad. La ciudad es la proyección sobre el terreno de nuestra sociedad. De manera que si queremos comprender la sociedad, bastaría con mirar la ciudad con suficiente atención. Una ciudad de arquitectura monolítica, granítica, es la proyección probablemente de una sociedad totalitaria. Mientras que una ciudad, como el París de 1968, en que hay barrios “canallas” como el barrio latino, y otros aristocráticos, como los que rodean a los Campos Elíseos, refleja una sociedad que vota a DeGaulle pero en la que, al mismo tiempo, bulle ya la futura explosión de Mayo del 68.

De igual forma, el urbanismo de Washington DC o de Brasilia es la expresión de la burocracia gubernativa, los rascacielos de Manhattan proyectan al cielo el inmenso poder económico de Wall Street, y las favelas de Río o los suburbios de Bogotá son el dibujo, sobre el suelo, de una sociedad sin ley, rota por innumerables miserias. Hoy, nuestro espacio público vacío refleja el estado de pandemia, y mañana las mesas de las terrazas separadas en nuestras calles y plazas serán el espejo en el que veremos que la distancia social ya es norma.

La smart city que viene

Por supuesto, la ciudad digital no va a escaparse de esta misma definición. La smart city que viene será un reflejo de nuestros miedos y tensiones, nuestro móvil será un ojo que nos vigile ¿Un ojo al servicio de los gobiernos? En parte sí, aunque sólo sobre el papel. En realidad, cuando Google y Apple unen sus tecnologías para ayudar a rastrear el Covid-19 no piensan en garantizar el derecho a la ciudad precisamente, sino en garantizarse a sí mismos un uso preferente, como mercancía, de los datos que los habitantes de la ciudad generamos al movernos, al comunicarnos, y al consumir. La Coalición de Ciudades por los Derechos Digitales, liderada por Amsterdam, Nueva York y Barcelona, pronto establecerá una posición sobre este asunto.

A los ingenieros advierte Lefebvre de que el urbanismo no puede abordarse desde una óptica “fragmentada”. Lefebvre aprecia la optimización que persiguen los ingenieros (de esto va, ni más ni menos, la Smart City) a base de sensores, plataformas inteligentes, y cuadros de mando de indicadores, pero advierte de que “el rigor es inhabitable”. Y plantea una pregunta que también interesará a los físicos que, para explicar el universo, tratan de hallar la Teoría de la Gran Unificación a partir de dos enfoques irreconciliables como son la física cuántica y la relatividad: ¿es posible llegar a una teoría unitaria de la ciudad a partir de “ciencias fragmentarias” como la sociología o la ingeniería?

De la misma manera que Lefebvre reconoce que las ciencias urbanas están aún en pañales (algo que también reconoce Michael Batty, en su gran obra de 2013 “The New Science of Cities), Lefebvre constata que el urbanismo es ideología, y de la misma manera que el barón Haussman construyó un París de grandes avenidas para controlar mejor los posibles desórdenes sociales, la supuesta asepsia tecnológica de la Smart City no lo es tal. En Baltimore (EE.UU) saben que Amazon es pura ideología.

Lefebvre nos pide trabajar por el derecho a la ciudad con proyectos y medidas realistas, pero sin renunciar a la utopia urbana. Pide a los partidos políticos que lleven en lo alto de sus programas electorales la reforma urbana (del mismo modo que hace décadas se impulsaba la reforma agraria). Aquella que proponga una vida urbana diferente será, entonces, la más radical y esperanzadora de las políticas. Por aquel entonces, Henri Lefebvre estaba ya en contacto con los situacionistas, y no es difícil encontrar paralelismos entre ambos.

La ciudad como teatro de la vida y de revoluciones

Ambos, Lefebvre y los situacionistas, consideraban que el arte no tenía mucho más que ofrecer, salvo que convirtiésemos nuestra vida en la verdadera obra de arte. Una idea que se remonta a Montaigne, y que prácticamente todas las vanguardias artísticas del siglo XX abrazaron, desde los surrealistas de André Breton a la generación Beat de Gainsberg y Kerouac. Y otra idea común a todos ellos: la necesidad de que el hombre renaciera libre de su pesado fardo cultural y social. Una mochila que los dadaístas quemaban cada noche en el cabaret Voltaire con poesías sin sentido y que los hippies de San Francisco, 40 años después, decidieron disolver en ácido. (Para el lector interesado en cómo los situacionistas influyeron en el urbanismo y la arquitectura, toda vez que anticipaban algunos de los fenómenos tecnológicos de hoy en día, recomendamos la lectura de este texto.)

Tanto para Lefebvre como para los situacionistas la ciudad debía de ser el teatro de la fiesta y del juego, escenario de “momentos” (en palabras de Lefebvre) o “situaciones” (en las de los situacionistas), fogonazos de esa nueva existencia libre. Aboga Lefebvre por un urbanismo efímero, por considerar la ciudad como un teatro de la vida, pero también como una obra de arte. Charles Landry, un gran pensador urbano de nuestros días, tomó el testigo de esta última idea cuando publicó su libro sobre el arte de hacer ciudades.

El urbanismo efímero y liberador que intuía Lefebvre se manifestaría poco tiempo después en Resurrection City, la ciudad de tiendas de campaña que surgió frente al Capitolio de Washington en 1968 para reclamar los derechos de las minorías étnicas y como protesta frente a la pobreza.

Resurrection City, ejemplo de urbanismo efímero por los derechos que Lefebvre anticipó
Fuente: The New York Times.

Lo urbano y lo rural en la globalización

En el “Derecho a la ciudad” encontramos un capitulo dedicado la ciudad como nodo de intercambio de los flujos de la globalización, manifestación de un proceso que Lefebvre ya intuía a mediados de los 60 y que sintetiza en una frase: “el orden lejano impone el orden próximo”. Ese orden lejano tiene su manifestación física más próxima en los distritos financieros, en los centros comerciales poblados de franquicias, o en las grandes infraestructuras de transporte y logística como aeropuertos y muelles. Un marco, el del análisis del territorio urbano a partir de los flujos económicos globales, de perspectiva marxista y que sería desarrollado posteriormente por Manuel Castells en esa obra de referencia para la sociología urbana que constituye su trilogía “La era de la información”.

Lefebvre reconoce la posibilidad, como anticipaba Asimov en esa otra gran trilogía que es “Fundación”, de que la ciudad acabe ocupándolo todo. Es lo que dicen las proyecciones de la OCDE: en el año 2100, el 85% de los 11.000 millones de habitantes del planeta vivirán en ciudades (algunas fuentes prevén que el porcentaje de urbanización sea todavía mayor). En estas condiciones, nada más decisivo para nuestro futuro que hacer buen urbanismo.

Acerca de la relación entre lo rural y lo urbano, Lefebvre opina que, si bien la ciudad fue fruto de la razón frente al oscurantismo del campo en la época feudal, hoy la racionalidad parece haberse situado del lado del mundo rural, del que los nuevos urbanitas importanos maneras más racionales de convivir, de alimentarnos, o de educar a nuestra descendencia.

Participación ciudadana y decálogo de derechos urbanos

Sobre la participación ciudadana, Lefebvre es claro: todo lo que no sea autogestión, es un timo reformista, un sucedáneo. Hasta ahora, el crecimiento se ha orientado en lo cuantitativo. Pero el punto crítico en que nos encontramos (y cuya criticidad el covid-19 no va a hacer sino acentuar), exige orientar el crecimiento hacia lo cualitativo. Hay propuestas encima de la mesa de indicadores alternativos al PIB.

Hoy en día, dado que “ni los gobiernos ni la empresa proporcionan los modelos de realidad y racionalidad indispensables”, es necesario incorporar a la planificación urbanística nuevos actores que la lleven hacia las necesidades sociales. Planificación que tendría la base científica en esa nueva ciencia de la ciudad unificada, y cuya palanca sería la reforma urbana que las fuerzas políticas del cambio deberían enarbolar.

Pero mientras llega esa revolución urbana colectiva, Lefebvre da pistas de por dónde puede ir la revolución individual. La ciudadanía se puede ir reapropiando de la ciudad, de sus espacios urbanos o de algunos de sus edificios por la vía de la autogestión. Además, la ciudad digital debe permitir la reapropiación de infraestructuras digitales. Esto y no otra cosa es la ciudad de código abierto: una ciudad cuyas infraestructuras, ya sean datos, redes, software o electrónica, se hacen entendibles, accesibles, reconfigurables y comunitarias. Una ciudadanía que adquiere las capacidades para re-programarlas, y que se empodera al hacerlo.

Pero hoy, en las fases finales del confinamiento, nos conformamos con poder reapropiarnos de un derecho a la ciudad mucho más elemental. El de poder, de nuevo, pisarla.

Y una advertencia, las apps que vigilarán nuestros pasos con la excusa del covid-19 van a ser una de las nuevas amenazas contra el derecho a la ciudad. La tarea de equilibrar la protección de la salud pública con la de los derechos digitales va a ser ardua.

Artículo publicado bajo licencia Creative Commons de cultura libre del tipo CC BY-SA 4.0. Algunos derechos reservados.

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