Cómo los datos urbanos nos revelan la vida oculta de las ciudades

Itinerarios de un estudiante en el distrito XVI de París, por Chombart de Lauwe. 1952

Según una reciente encuesta de la Fundación Europea de Estudios Progresistas y la Fundación Felipe González, la privacidad on-line, junto con la igualdad de género y el cambio climático, es una de las tres primeras preocupaciones de nuestros jóvenes.

Los datos personales, nuestra huella digital, pueden usarse, como nos muestra Black Mirror, para hacernos la vida imposible. O para hacer negocio con nosotros y vendernos los productos que ni siquiera sabíamos que queríamos comprar. O, como sabemos a partir del escándalo de Facebook y Cambrige Analytica, para tratar de convencernos de votar contra nuestros propios intereses. Es decir, contra nosotros mismos.

Pero también hay muchos académicos y profesionales, en el ámbito público y privado, investigando y trabajando para que esos datos puedan usarse, además, para mejorar nuestra vida. En mi caso, desde 2015 estoy enfocado en cómo los datos pueden mejorar nuestro hábitat urbano.

En los años cincuenta del siglo XX, los situacionistas, uno de los grupos de intelectuales más interesantes de las vanguardias culturales y más improductivos (al parecer, dedicaban tanto tiempo a escribir y a pensar como a beber y a pelearse) fueron de los primeros en interesarse sobre la cuestión de cómo la toma de datos urbanos podía desvelarnos información oculta sobre nuestras ciudades. Y lo hicieron a través de una nueva disciplina denominada psicogeografía.

El mapa que encabeza este artículo, aunque data de unos años antes, fue referenciado en el primer número de la revista internacional situacionista de 1958, como “apaño” de última hora para reemplazar el hueco dejado por un estudio psicogeográfico de Venecia que nunca llegó (su autor, Ralph Rumney, fundador de la Sociedad Psicogeográfica de Londres, al que la vida bohemia de la ciudad italiana engulló, sería fulminantemente expulsado del movimiento situacionista por este fiasco).

Estudio psicogeográfico del mercado de Les Halles de París, por A. Khatib. Nº 2 de la revista de la Internacional Situacionista. 1958.

6 meses después, la misma revista de la Internacional Situacionista en su segundo número publicó un estudio que trataba de comprender el funcionamiento del barrio parisino de Les Halles (gran intercambiador y frontera entre el París obrero y el París acomodado), especialmente a la caída de la noche, a través de la toma de datos y la observación directa. (Estudio que tampoco pudo completarse, esta vez debido a que su autor, de origen norteafricano, fue detenido tres veces por la policía por violar repetidamente el toque de queda que prohibía a los norteafricanos pisar la calle a partir de las 9 de la noche.)

Del incompleto estudio de Khatib se derivaba valiosa información sobre los corredores interiores de mayor afluencia, así como de las vías por la que la gente mayoritariamente accedía a Les Halles. Más de 60 años después, bancos como el BBVA utiliza el big data generado por nuestras compras para representar el funcionamiento de los distritos de Madrid o de importantes ejes comerciales en Madrid o en Barcelona. Una información que puede usarse para ajustar los alquileres de los locales comerciales a la importancia de cada negocio para el conjunto.

En la era de las ciudades, es importante que sus ayuntamientos participen de la analítica de datos y de su consecuente toma de decisiones, como única forma de garantizar que el big data y la inteligencia artificial se utilizan para el bien común. Si desde la década de los sesenta y setenta urbanistas como Jan Gehl o Allan Jacobs basaron su trabajo en la atenta observación y anotación de las trayectorias de los paseantes en plazas y calles es porque se puede aplicar este conocimiento precisamente al diseño de mejores plazas y calles, como plasmaron en esas obras de referencia que son How To Study Public Life y Great Streets.

Hoy, el cuaderno de un diseñador urbano se complementa con las base de datos, y los mapas que producen ya no se reducen a una calle o a un barrio, sino que la computación permite abarcar toda la ciudad.

Los intercambiadores ocultos de Zaragoza, por Eduardo Aguerri. 2018.

En 2018, con los compañeros del Open Urban Lab de Zaragoza y la ayuda de varias instituciones públicas y privadas, celebramos el 1er Hackathón de Visualización de la Movilidad en Zaragoza. Uno de los trabajos más interesantes fue el mapa de los intercambiadores ocultos de la ciudad, que muestra las zonas donde se producen los transbordos en el sistema de transporte urbano. Se trata de una cartografía, probablemente incompleta (fue realizada en poco más de 24h), que da valiosas pistas de las zonas de fricción de los flujos de movilidad urbana, es decir, aquellos puntos donde nosotros, las personas, cambiamos de modo de transporte.

Y es que en torno a los intercambiadores, esos puntos de fricción de los flujos de movilidad urbana, surge la vida y con ello la actividad (comercial, cultural, de ocio…). A veces aprovechamos esos minutos de espera quizás para echar un café rápido, comprar unas castañas en invierno, o pasar por el kiosko a por el diario. Sin embargo, en Zaragoza, a diferencia de otras ciudades y si exceptuamos la Estación Intermodal de Delicias (la cual, según descubrimos, no tiene apenas transbordos), no existe el concepto de intercambiador como infraestructura física. El mapa de Eduardo Aguerri nos revela ese hueco; nos dice que incluso en ausencia de intercambiadores la gente intercambia, y que quizás, siguiendo el método de Jan Gehl de “primero observar la vida, después mejorar el espacio público y, finalmente, construir los edificios”, hay lugar para mejor adaptar el urbanismo a la vida natural de la ciudad.

Cuando, en 2015, publiqué mi trabajo sobre la construcción de esa especie de telescopios “Hubble” de ciudades que nos permitieran comprender mejor ese universo en expansión del “Big Data” urbano (también su particular energía y materia oscuras), al margen de señalar el trabajo del BBVA me fijé en lo que estaban haciendo en el CASA del UCL, en Londres, on en el bostoniano Senseable City Lab del M.I.T., Sin embargo, desde entonces la práctica de la analítica y visualización del “Big Data” urbano ha traspasado los muros de los centros de investigación y de las grandes corporaciones como Facebook.

Por dónde pasean los turistas en Madrid, por 300.000km.net. 2019.

Sin ir más lejos, en el estudio de arquitectura 300.000km han desarrollado una técnica particularmente aguda para desentrañar problemáticas urbanas a partir del análisis de datos. Su atlas sobre la turistificación permite comprender cuál es la huella física local de uno de los flujos definitorios de la globalización, y su experimento Arturo, que utiliza la inteligencia artificial para construir con ayuda de los paseantes el mapa de los lugares más “vivibles” de Madrid, parece una versión actualizada de la primitiva psicogeografía situacionista.

Quedan muchos pasos por dar para poner el potencial de esa mina de oro de datos sobre la que las ciudades se asientan al servicio del bien común. Hay que implicar más a las comunidades cívicas, científicas y creativas locales. Hay que hacer los datos más comprensibles. Hay que ir más allá del Open Data, hacia el “Open Big Data”. Hay que abrir también esos yacimientos datos que están en manos privadas (la inmensa mayoría). Y, finalmente, hay que tratar de conectar las iniciativas participativas ciudadanas con todo este nuevo conocimiento generado, pues la ciudad ya no se decide sólo desde arriba, ni desde abajo, sino en cooperación.

El programa “Ojo al Dato. Esto se mueve”, que esta semana lanzamos en el Open Urban Lab, apunta en algunas de estas direcciones: partiendo del último Ideathón 100ideasZGZ sobre la movilidad, lanzamos un programa de innovación abierta para arrojar nueva luz sobre el funcionamiento de la ciudad a partir de datos de vehículos, peatones, ciclistas, usuarios del transporte urbano y transacciones económicas en cajeros automáticos y comercios. Apps, artefactos, visualizaciones, vídeos, todos son formatos válidos para responder al reto. Dos cursos de 20 horas de formación en analítica y visualización de datos para todo tipo de perfiles complementa el programa.

Y nuestra labor este año pasado como coordinadores desde Zaragoza del Grupo de Trabajo de Eurocities, también va en la misma dirección. Impulsar la Declaración de Eurocities sobre el Dato Ciudadano, en la que se reconoce el valor de los datos urbanos como generador de riqueza para el bien común, el papel de los ayuntamientos como conectores entre los distintos agentes de la innovación urbana, o el rol de cada ciudadano como custodio último de sus propios datos y de su privacidad.

Volviendo a los situacionistas, el primer número de su revista arrancaba con un editorial titulado “Amarga victoria del surrealismo”, en el que justificaba la puesta en marcha del nuevo movimiento al constatar que el capitalismo se había apropiado de las técnicas surrealistas (p.e. el brainstorming, o herramientas de sugestión como la publicidad subliminal) para el mantenimiento de la sociedad de consumo. No es nuevo que la cultura dominante acabe fagocitando a la vanguardia, banalizándola. La huella de los situacionistas se ha manifestado en el urbanismo efímero de movimientos que van desde el proyecto de “Resurrection City” de Martin Luther King, Jr, hasta el Campo de Cebada, poso urbanístico del 15-M.

Como hemos visto, hoy, los smartphones, la geolocalización y la analítica de datos empiezan a permitir realizar la gran promesa de la psicogeografía urbana. Si los ayuntamientos no dan un paso adelante, serán, de nuevo, las grandes corporaciones quienes modelen el urbanismo a su medida a través del conocimiento generado por estas nuevas técnicas psicogeográficas. Si eso finalmente sucede, la victoria de los situacionistas será tan amarga como fue hace décadas la de sus abuelos surrealistas.

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