Distritos de innovación. ¿Auge o declive?

Barcelona, como París, está descentralizando la innovación más allá de sus distritos de innovación

Esta semana viajé al salón inmobiliario de Barcelona para participar en una sesión sobre el estado actual de los distritos de innovación, de esa encomiable idea urbanística de finales de los años noventa del pasado siglo. Como mi ponencia iba a tener lugar el viernes 18 de Octubre, día de huelga general, un amigo de Barcelona, muy práctico él, me aconsejó llevarme abundante material de lectura para el viaje, para el caso de que mi día, por efecto del paro, se convirtiera en una espera de varias horas en trenes y estaciones. Al tratarse de un viaje a esa referencia en innovación urbana que es la capital catalana, para compartir, además, ideas sobre una representación física tan clara de los flujos de conocimiento global como los distritos de innovación, me pareció que el profesor Manuel Castells y su “Space of Flows” (última parte de su fundamental obra “La sociedad red”) iba a ser una más que adecuada compañía.

La tranquilidad de un vagón vacío (se diría que el seguimiento de la jornada de huelga independentista por parte de la gente que va a Barcelona desde Madrid rondó el 100%) me permitió sumergirme en la comprensión de la sociedad “informacional” (sic) que describe Castells mientras daba vueltas a una idea que me persigue desde hace tiempo: cómo podemos visualizar los flujos urbanos, y qué manifestación física tienen en la ciudad, si es que tienen alguna. Y es que, de la misma manera que el viaje del agua en una manguera es muy aburrido y no tiene una gran visibilidad desde fuera hasta que sale por un extremo y riega nuestro jardín (o apaga un fuego), la transmisión de bits por las superautopistas de la información apenas dejan huella visible en la superficie. Es cuando estos bits se mezclan con otros, se cambian de dirección, se encapsulan y desencapsulan en diversos protocolos de comunicaciones, cuando surgen esas superestructuras de intercambio de información llamadas nodos neutros, y en cuyos aledaños florecen nuevos negocios que necesitan la mínima latencia (el tiempo en transmitir los datos entre dos puntos) para sus comunicaciones. Uno de los muchos fracasos que nuestro distrito de innovación (otrora llamado Milla Digital) acumula, es no haber podido construir uno de estos nodos neutros aprovechando su privilegiada posición alrededor de una de las principales arterias de fibra óptica del país.

A cambio, tenemos en Milla Digital una grande (y fría) estación de AVE. Las estaciones de alta velocidad son una especie de nodos neutros de segundo grado (los de primer grado son los grandes aeropuertos) en la vasta red de flujos de personas. Por eso los alcaldes de ciudades de toda España, muchos de los cuales no habrán leído a Castells pero son conscientes de que una vía de AVE que pasa de largo no trae nada, llevan décadas insistiendo en tener su estación. Consecuentemente, y siguiendo el marco de pensamiento de Castells, es en torno a estos nodos, estaciones de alta velocidad y aeropuertos, grandes intercambiadores además de fuentes y sumideros en el espacio global de los flujos humanos, donde se manifiesta precisamente esa “arquitectura del fin de la historia”, símbolo de la postmodernidad acultural y ahistórica (sic) que Castells describe usando los ejemplos precisos de las obras de Rafael Moneo y Ricardo Bofill para la estación de AVE de Madrid y el aeropuerto de Barcelona. Y no puedo dejar de pensar en la gran influencia del AVE y sus estaciones en el viaje intelectual de Castells, acompañado por su colega Sir Peter Hall (un geógrafo enamorado de los trenes), por el globalizado territorio de la innovación. No en vano, la obra que ambos escribieron allá por 1992 (“Tecnópolis del mundo”) fue financiada por la Expo de Sevilla, la primera conexión de AVE del país de la alta velocidad por excelencia.

El título de este artículo pretende poner un cierto contrapunto con la publicación de Katz y Wagner de 2014 que, bajo el título de “El ascenso de los distritos de innovación”, constituye la mejor taxonomía que he leído de este fenómeno urbanístico. Me gusta pensar en los distritos de innovación proyectados a final del siglo pasado o a principios del actual como una versión ciertamente mejorada de los parques tecnológicos y científicos de los 60, 70 y 80 que dieron trabajo a tanto “white collar”, a ambos lados del atlántico. Evidentemente, la vida en los barrios urbanos es, a priori, más rica y sostenible que en el extrarradio de “suburbia”. La mayoría de los distritos de innovación, además, huyen del monocultivo anterior. Pero, con todas sus ventajas, en términos de sostenibilidad y experiencia urbana, sobre los parques tecnológicos, los distritos de innovación no parecen el final del camino como estrategia mixta de desarrollo económico y urbanístico saludable. Mi compañero de sesión en Barcelona, Oriol Estela, de la oficina del Plan Estratégico Metropolitano de Barcelona, reconoce que, si bien es innegable la influencia económica del 22@, los datos indican que se ha minusvalorado el potencial innovador de zonas como el Eixample, algo que haría muy feliz a los dos jacobs (Jane y Allan), quienes verían así confirmados sus postulados de que calles y barrios diseñados con el factor humano en mente son el mejor caldo de cultivo para que florezca la actividad económica.

Los distritos de innovación proyectados en las últimas décadas adolecen casi siempre de un problema de legitimidad allí donde aparecen. En ese sentido, son la expresión del contraste entre el carácter evidentemente global y cosmopolita, en palabras de Castells, de las élites que los impulsan, y el carácter local de las masas que pueblan los territorios sobre los que se asientan. Un choque que se pudo visualizar en Media City UK (los antiguos muelles en Salford Quays, cerca de Manchester, reconvertidos en el mayor centro de producción audiovisual de la BBC) cuando la prensa local se hizo eco de la distancia entre las promesas de empleos hacia las comunidades locales y la realidad. También existe un efecto directo sobre el precio del suelo. Cuando las instituciones proyectan un distrito de innovación, el mensaje al sector inmobiliario para tomar posiciones se torna claro y nítido: la subida de precios está servida. Y finalmente, está Toronto Quayside, el proyectado distrito de innovación impulsado por la filial inmobiliaria de Google (Sidewalk Labs), donde la resistencia ciudadana trata de evitar un futuro distópico con el uso de nuestros datos por los algoritmos de inteligencia artificial de Google.

Los distritos de innovación quizás son la manifestación física más visible de los flujos globales de innovación pero, como decíamos, no creemos que sean la estación final. Pensamos que, para evitar sus efectos perversos, las políticas urbanísticas de desarrollo económico necesitan una descentralización, que se puede producir como combinación de diversas lógicas tanto naturales como institucionales. Como manifesté en mi ponencia, el proyecto de Barcelona de extender los fablabs por los distritos da pistas del camino a seguir. También es ilustrativo del futuro la acción “Reinventar París” de la capital francesa, que ha seleccionado 23 enclaves urbanos distribuidos por toda la ciudad y susceptibles de ser renovados mediante ideas provenientes de todo el planeta, edificios que van desde unos antiguos baños públicos a una antigua prefectura de policía.

En todo esto pienso en el tren de regreso, mientras transcribo mis ideas en las notas desordenadas que irán configurando más tarde en este artículo, en un AVE abarrotado de gente hablando en catalán que me dejará en Zaragoza antes de seguir su trayecto hasta Madrid. Los flujos. Las identidades.

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