El urbanismo sentimental

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Hace algún tiempo – acababa de ver la película “Interestelar”, que mostraba cómo la humanidad escapaba del colapso climático mediante un artefacto de la física teórica llamado “agujero de gusano” – escribí que la manera más sensata de evitar el “armaggedon” medioambiental era poner en práctica cuanto antes un urbanismo inteligente, ese que preconiza ciudades de una cierta densidad, usos mixtos, espacio público vivo. Un urbanismo inteligente es un urbanismo racional o, si se prefiere, ilustrado, que pone las bases de una movilidad sostenible, de ahorros energéticos en nuestra manera de hacer y gestionar los edificios, y de una economía menos intensiva en uso de materia y energía, más circular.

Pero las ideas ilustradas no viven su mejor momento, como nos recuerda Manuel Arias Maldonado en ese enciclopédico repaso a los vaivenes de la pugna entre razón y sentimiento que es el libro “La democracia sentimental”. A la crisis económica le ha seguido la comprensible indignación, y una sociedad airada no atiende a razones. Súmese a ello el creciente poder del márketing político sobre la ideología y el cultivo de la inmediatez que las redes sociales abonan, y se comprenderá entonces el por qué la táctica mató definitivamente a la estrategia: en el gobierno de la democracia sentimental manda el jefe de comunicación y los ministros obedecen. Para hallar al culpable del ilustricidio basta seguir el rastro del dinero. Desde las revueltas en los barrios populares londinenses de 2007-2008 al triunfo de los Trump, el móvil del crimen huele a un modelo económico en el que, como demuestra Piketty, las desigualdades crecen, y al auge de un marco de valores fuertemente competitivo incapaz, por naturaleza, de cumplir las promesas que formula en términos de ascensor social. Un sistema que genera algunos ganadores a costa de dar lugar a una ingente cantidad de semi-perdedores, muchos de ellos frustrados.

Al igual que le ocurría al poeta Gabriel Celaya con la poesía, a la que veía como “un arma cargada de futuro”, los arquitectos del conservadurismo político intuyeron hace tiempo el potencial del urbanismo como arma para garantizarse un duradero triunfo, contando para la causa con la ayuda de destacados urbanistas como Nienmeyer – arquitecto jefe de la inhóspita Brasilia -, o su cacareado maestro Le Corbusier, quien consideraba las casas como “máquinas para vivir”. Ambos fueron miembros de un pensamiento urbanístico ligado a las corrientes políticas totalizadoras de la primera mitad del siglo XX y fuertemente planificado, en el que la ciudad era considerada como un cuerpo u organismo en el que cada parte, o “zona”, ejercía una función distinta. Entre los productos de esta concepción industrialista de nuestra sociedad urbana, contamos con los parques industriales y tecnológicos, con los grandes centros comerciales o, en el sector residencial, con lo que en el mundo anglosajón se conoce como “suburbia”, unidades de casa, jardín y garaje organizadas sobre una retícula viaria, y cuya calidad constructiva, situación, y superficie, indicarían el estatus social y económico de sus habitantes. Un marco a todas luces favorable políticamente a la derecha. En su versión más cercana, la “España del adosado”, un fenómeno urbanístico al que nuestro país se ha incorporado con algunas décadas de retraso, ha resultado un fértil granero de votos para el populismo más conservador.

En nuestro país vecino, la excelente novela de Aurélien Bellanger “El Gran París”, ilustra cómo Nicolas Sarkozy – el primer policía de una Francia cuyos suburbios ardían cada noche, uno de los primeros gobernantes europeos que dieron rienda suelta a los sentimientos en política, que dejaron atrás los complejos y llamaron a las cosas por su nombre, y que, tras el pionero Gil y Gil y el transplantado caballero Berlusconi, fue trumpista antes que Trump – trazó su propio proyecto para cercar urbanísticamente a la Ilustración en Francia. En la cabeza del “príncipe”, como maquiavélicamente se refiere en la novela el narrador al presidente francés, el dominio de la razón ilustrada quedaría confinado dentro de un Paris intramuros, al que cercaría un Gran París, poblado por las nuevas clases medias, listas para garantizar por los medios que fuese, el sentido del voto incluido, la tranquilidad en el vecindario.

Sarkozy, el sentimental presidente que re-enseñó a la política francesa a indignarse, a conmoverse y a llorar, planeaba en realidad el sometimiento de un París dominado tradicionalmente por la izquierda, su disolución en una super-estructura administrativa dominada por la Francia del adosado, políticamente de derechas. Por eso, la idea de Gran París fue duramente combatida tanto desde las filas socialistas, encabezadas por el entonces alcalde de París, Bertrand Delanoë, como desde los Verdes, a los que no seducían ni los costes ecológicos de repartir a 7 millones de almas a lo largo y ancho de la pequeña y gran coronas verdes que rodean la capital de Francia, ni los costes financieros de construir el la mega-red de transporte Gran París Exprés, una eficiente máquina de mover personas desde sus “máquinas de vivir” a sus zonas de trabajo.

En la misma época, paseando por Madrid durante el verano de 2003, unas semanas después del “tamayazo” – la espantada de dos diputados de la bancada de la izquierda en la Asamblea de Madrid que perpetuó en el poder a los conservadores- un ex-concejal de urbanismo socialista del Ayuntamiento de Madrid me confesaba con tristeza que, con su política urbanística de los años 80 había contribuido sin esperarlo a entregar la capital a la derecha para siempre. Si exceptuamos la breve etapa de Manuela Carmena, a quien el 15M y la crisis auparon al gobierno, el concejal no se equivocaba. La tardía lección que aprendió el concejal nos habla de que, estratégicamente, es un fracaso alimentar la parte más emocional del sujeto político mediante un urbanismo que favorezca el individualismo del automóvil frente al cooperativismo del transporte público, la pulsión protectora de la casa equipada con alarma anti-intrusión frente a la seguridad invisible que proporciona un espacio público vivo, o la cesión al ímpetu del consumo que se desboca en un centro comercial o en la inmensa – y cada vez más amenazante- nube de Amazon, frente a la racionalidad que demuestra quien compra lo necesario y lo hace en el comercio de proximidad.

Los defensores del urbanismo sentimental, nostálgicos de los atascos a las tres de la madrugada del sábado, libran estos días su particular batalla contra esa punta de lanza de un urbanismo racional e inteligente que supone Madrid Central. En medio del fregado, la Guardia Civil hace de “fact checkers”, instalando medidores de la contaminación a instancias de la fiscalía – bendita separación de poderes, amigo Montesquieu – para objetivar el debate y contrarrestar los interesados bulos de los nuevos gestores. Al otro lado, una gran parte de la ciudadanía sigue y seguirá pidiendo luz y razón, y defiende la Ilustración – y la salud- en la manera de hacer ciudad, con un número creciente de pequeños cambios en sus hábitos cotidianos, principalmente visibles en el reciclaje y la movilidad.

Sin embargo, aún queda mucho por hacer, por ejemplo en dos ámbitos como nuestra manera de comprar y de “consumir” viviendas, próximos desafíos de ese urbanismo inteligente sin el cual el término smart city carecería de sustancia. En el tiempo de la democracia sentimental, nada más romántico que defender la razón, contra viento y marea, con las armas – pocas o muchas- que nos dejaron: la información, el conocimiento, el consumo, el debate público -analógico o digital- y, en último término, el voto.

Artículo publicado bajo licencia Creative Commons de cultura libre. Algunos derechos reservados.

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