Patinete eléctrico: ¿el futuro de la movilidad urbana personal?

Edificio ocupado hasta 2012 por el Harvard Square Theater, en Cambridge (Massachussets), ahora vacío.

Harvard Square Theaher, Cambridge (MA, EE.UU). Fuente Backstreets.com

“Esta noche he visto el futuro del Rock’n’Roll, y su nombre es Bruce Springsteen”

Jon Landau, 1974

La frase la escribió el crítico Jon Landau en una célebre columna musical en la revista Real Paper tras asistir a una de las legendarias actuaciones en directo del sudoroso músico de Nueva Jersey quien, menos de un año después, con su aclamado disco Born to Run, ocuparía el trono del rock (vacante desde la incomparecencia de Elvis) hasta bien entrada la década de los 80.

Una tarde de Agosto en la ciudad creo atisbar del futuro de la movilidad urbana. Sentado en una céntrica terraza cuento pasar bicis y patinetes eléctricos durante unos minutos. Pasan tantas bicis como patinetes. Por supuesto, la observación no tiene ningún valor científico, pero apoya una impresión: el boom del patinete eléctrico es inminente, si es que no se ha producido ya. Y eso que, como ciclista urbano desde mi época de instituto, reconozco tener ciertos reparos hacia estos objetos. Pero mis reparos son más lírico-filosóficos que prácticos (aprecio el placer de una bajada sin pedalear porque he hecho antes el esfuerzo de la subida) o estéticos: la bicicleta me parece un objeto subjetivamente bello. Sin embargo, reconozco que el patinete eléctrico parece nacido para triunfar.

Para empezar, echen un vistazo: donde hay un patinete hay un milennial, sí, pero también hay una persona en la treintena, en la cuarentena, en la cincuentena. Mientras escribo estas líneas en mi terraza veo pasar a un electricista cuajado en la sesentena, embutido en su mono azul, que surca con una mochila de herramientas la Gran Vía a bordo de un Xiaomi. En un mundo urbano, individualizado y aquejado de severos problemas medioambientales, el patinete representa el paradigma de la movilidad urbana personal sin prácticamente coste ambiental; tomarlo para nuestros desplazamientos en solitario no nos genera sentimiento de culpa. Por no contaminar, ni siquiera contamina acústicamente: es tan silencioso que es imprescindible que lleve un timbre para evitar sobresaltar a peatones y ciclistas. Usa, además, el espacio público de manera eficiente, pues para rellenar el espacio que ocupa un solo coche (con una persona dentro) necesitamos alrededor de 10 patinetes (con sus diez personas).

No sé qué pensará el lector, pero a quien escribe el patinete se le antoja un medio de transporte políticamente neutro. ¿Soy al único que le parece que, en la movilidad urbana, hay una cierta batalla ideológica entre conductores y ciclistas? Cierto es que, a medida que el uso de la bici se extiende, los contornos ideológicos se difuminan pero, aún así, el patinete permite, en cierto modo, “tirar” por la calle de en medio utilizando, además, una infraestructura ya existente y consolidada, como son los carriles bici. De esta manera, el patinete puede extenderse sin necesidad de efectuar, por parte de los ayuntamientos, inversión alguna.

Como siempre, no todo son luces en torno al patinete eléctrico. Desde el punto de vista del usuario, el reducido radio de sus ruedas dificultan su uso en superficies irregulares, como zonas de tierra en parques, o con baches. Obstáculos que sorteamos fácilmente a lomos de una bicicleta, al patinete le resultan infranqueables.  Tampoco a nivel normativo el terreno está suficientemente liso: en general, no existe una normativa clara que regule su utilización, aunque me consta que muchas ciudades ya la están redactando. Es necesario regular asuntos como si se considera o no un vehículo como los demás (sujeto, por tanto, a las mismas normas de circulación), o los espacios por los que puede circular (¿sólo carriles bici? ¿también por la calzada? ¿y por la acera? ¿bajo qué circunstancias pueden compartir espacio con el peatón?), o las responsabilidades en caso de accidente.

Alrededor del patinete eléctrico están surgiendo, cómo no, empresas de movilidad compartida. Algunas, como Bird, han tenido problemas en Estados Unidos. En una curiosa coincidencia, el ayuntamiento de Cambridge (estado de Massachussetts), ha prohibido su uso también en los aledaños del lugar donde a Landau se le reveló el futuro de la música rock en la figura de Springsteen. En un comunicado, solicita a la citada empresa la suspensión del servicio hasta no resolver ciertos aspectos normativos referidos a la ubicación de los puntos de recogida, obstaculización de acceso a fincas, etc. Y recuerdan que el “aterrizaje” de cualquier servicio de movilidad compartida en la ciudad ha de hacerse de la mano de su ayuntamiento. Colaboración que, empresas españolas como Koko, parecen estar dispuestas a promover, conscientes de que sería una lástima que la agresividad del “modelo Uber”, guiado por la máxima de “más vale pedir perdón que pedir permiso”, lastrase la introducción de un medio de transporte beneficioso desde cualquier punto de vista. En todo caso, estos problemas iniciales no han impedido el vertiginoso aumento del valor bursátil de estas empresas de patinetes eléctricos compartidos, en quienes Google también ha puesto su mirada.

Es previsible que, con la extensión del patinete eléctrico, descienda el uso de combustibles pero, a cambio, se incremente la demanda eléctrica. Y no sólo en los hogares, sino también en edificios de oficinas, que se enfrentarán a cuestiones como si se puede entrar con ellos al edificio, o se habilitan, por el contrario, taquillas o puntos de anclaje seguro, o si permiten el uso de la electricidad de la empresa para cargar los patinetes de sus empleados. Para dar todavía un paso más hacia el objetivo de una movilidad “circular”, es decir, siguiendo los principios de mínimo impacto ambiental que rigen la economía circular, sería conveniente que, precisamente, la energía para recargar los patinetes proviniera de fuentes renovables, un compromiso que debería ser promovido tanto a nivel de usuarios como de las empresas y las administraciones.

En definitiva, hablamos de un medio de transporte ciertamente alineado con muchos de los rasgos del mundo urbano en que vivimos, y que va ganando terreno a pasos agigantados. Ahora bien ¿será el patinete eléctrico el rey de la movilidad urbana de la próxima década? Ese trono, como Springsteen en 1974, todavía lo va a tener que sudar.

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