Una Blockchain entre el centeno

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Ilustración http://www.brightkidsbooks.com

Cuando leí acerca de Satoshi Nakamoto, el inventor de las blockchain (y de su aplicación más popular, la moneda virtual Bitcoin), me acordé de inmediato del viejo Salinger, el autor de “El guardián entre el centeno”, la novela que narra cómo el adolescente Holden Caulfield se asoma a ese “lado salvaje de la vida” neoyorquina que Lou Reed condensaría dos décadas después en unos inigualables tres minutos de primigenio rap y literatura. “El guardián…”, cuyo simbolismo se oscureció al trascender que el asesino de Lennon la estaba leyendo tranquilamente cuando fue detenido en la misma escena del popicidio, es una de las grandes novelas americanas del siglo XX. Uno se sorprende al adquirir un ejemplar de “El guardián entre el centeno” y comprobar la ausencia de toda reseña biográfica de su autor; ni siquiera una foto. Y es que Salinger, ex-combatiente, ex-espía, en la última parte de su vida se empleó a fondo en el complicado arte de desaparecer, de borrarse del mapa. Lo consiguíó a medias.

Como de Salinger, no existen fotografías de Nakamoto, y se ignora todo acerca de su biografía. De hecho, hay quien dice que Nakamoto es simplemente un alias. Incluso se especula con que, detrás de ese nombre propio japonés se esconde, en realidad, un reducido grupo de hackers. No es que Nakamoto haya desaparecido, sino que ni siquiera ha llegado a aparecer. El caso es que, como Holden Caulfield, Bitcoin, la invención de la persona, grupo o ente que se oculta tras el nombre de Satoshi Nakamoto, es vista por el “establishment” financiero como una moneda “gamberra”, poco seria. No sigue reglas comúnmente aceptadas en esto del dinero: no puede palparse, su falsificación o sustracción son tareas casi imposibles y, algo que pone los bancos especialmente de los nervios, no precisa de una autoridad central para ser acuñada.

Pero la moneda Bitcoin es sólo una de las muchas aplicaciones que tiene el sistema blockchain (“cadenas de bloques”); un sistema que, en esencia, lo que hace es descentralizar la función de notaría. Si Internet descentralizó la información, blockchain hace lo propio con la confianza. De la misma manera que es el conjunto de los tenedores de Bitcoins quienes pueden dar fe de la autenticidad de una moneda, podría ser el conjunto del cuerpo electoral quien garantizara la limpieza de unas elecciones, o las partes que intervienen en una transacción inmobiliaria quienes certificaran su veracidad sin necesidad de recurrir a un notario o a un registro centralizado. Que blockchain se asiente sobre complejos algoritmos criptográficos y de decisión muy difíciles de comprender al detalle y de ejecutar técnicamente, no es obstáculo para que sus principios sean tan razonables como revolucionarios.

Transparencia y privacidad

Blockchain, en su versión más pura, es radicalmente transparente y privado a la vez, en el sentido de que son todos y cada uno de los usuarios de una aplicación quienes pueden verificar la integridad de un intercambio, ya sea monetario, inmobiliario, mercantil, artístico, o de información, y, al mismo tiempo, ningún usuario está capacitado para alterar su contenido por sí mismo.  Eso no quiere decir que todo el mundo pueda descifrar el contenido de la transacción, al contrario, gracias a su astuta criptografía la privacidad es total. Se puede comprobar por todo el mundo si la obra de arte, o el contrato, ha sido mancillada, pero sólo las partes (es decir, quien la vende y la compra) pueden acceder a su contenido.

Para fastidio de los arribistas, la jerarquía en blockchain está estrictamente basada en el mérito y la capacidad. Sólo pueden generar nuevas cadenas de bloques aquellos nodos de la red que superen una costosísima prueba de trabajo consistente en la resolución de un acertijo criptográfico, para lo cual es necesario una enorme capacidad computacional y de energía. Esto, claro está, provoca algún “daño colateral”: algunos mineros poco éticos, ávidos de potencia de cálculo, hackean los ordenadores más potentes para parasitar sus microprocesadores.

Por lo demás, blockchain consagra un mecanismo de poder distribuido. No pueden existir “tiranos” que se apropien del sistema y hasta desincentiva la tiranía de la mayoría. Satoshi, buen conocedor de la teoría de juegos, diseñó el mecanismo de consenso de blockchain para que el coste energético acumulado de las muchísimas pruebas de trabajo para intentar dominar al conjunto superara con creces los beneficios de hacerlo. En blockchain, hacer trampas es más costoso que jugar limpio. O, dicho de otro modo, nadie gana a menos que todo el mundo gane.

Sólo hay un “pero” fundamental: por ahora los potenciales habitantes de ese paraíso blockchain de poder distribuído, transparencia, ausencia de corrupción, privacidad, seguridad, y derecho de propiedad garantizados, son una privilegiada élite tecnológica. ¿Ustedes ven, como yo, un hueco para que los poderes públicos pongan “pie en pared”?

Hacia una blockchain pública

Algunas instituciones están avanzando hacia la puesta en marcha de una infraestructura blockchain pública. La ciudad de Viena ha anunciado que pone a disposición de su ciudadanía un sistema de blockchain pública para proteger sus datos abiertos, de manera que cualquiera pueda comprobar tanto su integridad como que no han sido manipulados. Estonia, país pionero hacia la transición digital, está inmerso en un proyecto para utilizar blockchain para reforzar aún más la privacidad de las historias clínicas de sus habitantes, de manera que nadie que acceda a esos datos pueda borrar el rastro de dicho acceso, una característica esencial de X-road, la infraestructura sobre la que se asienta el modelo de país digital de la república báltica.

No parece mala idea que nuestras instituciones inviertan en una infraestructura blockchain pública y accesible para hacer esta tecnología verdaderamente inclusiva, de manera que sus potenciales beneficiarios no se den la vuelta ante este impenetrable muro tecnológico y económico que supone blockchain. Gracias a esta infraestructura blockchain pública, cualquier artista local, por ejemplo, podría definir derechos de autor “inteligentes” para sus canciones, de manera que la retribución por descarga tuviese en cuenta los fines que persigue su reproducción.

El mismo sistema podría ayudar a los productores de fruta a fijar un precio para sus cerezas en función del precio final de venta y no de lo que los intermediarios les ofrecen, asegurando una ganancia justa en toda la cadena de suministro. O podría permitir una aplicación que pusiese en manos de la ciudadanía una caja fuerte a medida para que cada individuo custodie sus propios datos personales, de manera que controlase quién los usa, y para qué, y pudiese fijar una retribución en los casos en que sus datos se utilicen con fines lucrativos, siempre y cuando decida permitir tal uso.

A menudo se discute sobre si es necesario más o menos estado, más o menos gobierno. En un mundo tan cambiante, esta dicotomía es falsa. Siempre hay un lugar para que los poderes públicos ejerzan su labor protectora, sólo que tal lugar cambia a medida que los tiempos cambian (lo cual, últimamente, sucede a gran velocidad). En una escena del libro de Salinger, Holden Caulfield le dice a su hermana Phoebe. de diez años, que él será el guardián entre el centeno, el que protege a distancia a los niños que juegan tranquilos al borde del precipicio. Quién no nos dice que blockchain, la invención del inventado Satoshi Nakamoto, no puede ser ese silencioso aliado que vigile para que los más débiles no caigan en la brecha digital que se abre tras el ciber-sembrado.

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