Robots y renta básica

“Figuras ocultas” es una emotiva película acerca de un grupo de mujeres afroamericanas altamente cualificadas que, en los años sesenta, y en el marco de su trabajo como ingenieras y matemáticas en la NASA, no sólo enfrentaron la doble discriminación de raza y de género, sino que hubieron de lidiar con el imparable progreso tecnológico. Ante la perspectiva de que su trabajo de cálculo manual de trayectorias espaciales fuera reemplazado por el primer computador IBM, aprendieron el lenguaje FORTRAN y se hicieron programadoras. Enfrentaron el desafío mediante nuestra mejor herramienta: la fabulosa capacidad de adaptación que, frente al medio cambiante, tenemos los humanos. Sobre todo si somos jóvenes y poseemos la suficiente preparación.

El cohete ATLAS V, lanzado en 1962, fue el primer objeto tripulado de la NASA con una trayectoria calculada mediante ordenador. Desde entonces, el sistema educativo ha producción un sinfín de programadores y la industria del software ha acabado por extenderse a casi todos los sectores de nuestra economía, creando millones de empleos cualificados y contribuyendo de manera significativa al PIB mundial. Corría el año 2011 cuando, en el curso de una visita a una de las incubadoras de empresas (la mayoría de ellas dedicadas al software) que acabábamos de poner en marcha en Zaragoza, conocí a un senador francés, Pierre André. Me sorprendió la visión de este hombre, a la sazón alcalde de la ciudad de Saint Quentin, acerca de cómo usar en beneficio de su comunidad la incipiente robotización de las plantas automovilísticas en el cinturón industrial de París. Recuerdo que comentó que pretendían hacer, de una ciudad del tamaño de Huesca, un centro mundial de referencia en diseño y programación de robots. Me dijo algo así como que, “es un hecho que las fábricas de automóviles se están marchando de Francia, y allí donde vayan, China o Brasil, los trabajadores acabarán siendo sustituidos por robots. Intentaremos, al menos, que algunos de esos robots sean diseñados desde Saint Quentin”.

Hay muchas maneras de actuar ante los inevitables cambios que vienen. Podemos negarlos o mirar hacia otro lado pretendiendo que el mundo es como antes. Podemos luchar contra ellos, o podemos aceptarlos acríticamente. Y hasta podemos dejarnos llevar por la fascinación tecnológica. Pero podemos también intentar entenderlos, anticiparnos a ellos y tratar de regularlos. Y, sobre todo podemos, y debemos, explicárselos a nuestra gente de una manera clara, sin ambajes, pero también sin supersticiones alarmistas. Podemos preparar a los más vulnerables de entre nosotros, para que, como a las calculadoras de trayectorias de la NASA, el progreso no se los lleve por delante.

Los vientos que empujan hacia la robotización de la economía son poderosos. Según un estudio del Deutsche Bank, cada vez que el gigante de la distribución Amazon “robotiza” uno de sus grandes centros logísticos, se ahorra unos 20 millones de Euros al año. Dado que la compañía fundada por Jeff Bezos en 1995 posee varios centenares de estos centros repartidos por todo el mundo, no sorprende que el gigante de la logística adquiriera la empresa Kiva Robots, en 2012, por la astronómica cifra de 775 Millones de dólares. El proceso de robotización de la industria es, por tanto, imparable. Y el ámbito industrial es sólo el comienzo. La tecnología mejorará y se abaratará. Los robots, como el software, abarcarán mucho.

Entre los economistas, como entre mis familiares en las cenas navideñas, hay opiniones diversas sobre si los robots crean o destruyen empleo. Hay estudios que demuestran lo que, en principio, parece de sentido común. En los territorios aledaños a las fábricas que se automatizan, el desempleo aumenta y los salarios bajan. Sin embargo, desde el 2010 el número total de empleos en la industria en Estados Unidos crece a un ritmo lento pero sostenido, y ello pese a que el ritmo de adquisición de robots industriales se ha multiplicado por 2.3 entre 2010 y 2017. Pero lo verdaderamente notable es el aumento en la producción industrial. En EE.UU la industria produce hoy un 30% más que en 2010, con un incremento inferior al 10% en el número de trabajadores en el mismo periodo.

Pongamos las ideas en orden. Hemos visto cómo la creciente robotización de la industria no afecta al número de empleados de la industria en su globalidad, sino fundamentalmente a los empleados de baja cualificación, tirando de sus salarios a la baja, o enviándolos directamente al paro. Al mismo tiempo que bajan los costes industriales, tiran al alza de la producción, lo que, forzosamente multiplica los beneficios. Supongo que se pueden extraer muchas conclusiones de este fenómeno, pero yo extraigo, de momento, tres. La primera, que si faltaba alguna razón para procurar un sistema educativo y formativo inclusivo y potente, aquí tenemos una adicional. La mejor manera de proteger a los vulnerables de la globalización y tecnificación es mediante la formación.

La segunda conclusión es que, si la producción aumenta mucho más que el empleo, las desigualdades lo harán al mismo ritmo. Si no hacemos nada, esos nuevos beneficios irán a las carteras de unos pocos, sin que contribuyan de manera efectiva al mantenimiento de nuestro estado del bienestar, sino más bien, a socavarlo. Los robots deben, por tanto, pagar impuestos allí donde están. No vale con que los impuestos los pague el capital, pues ya sabemos lo esquivo que suele ser a las autoridades fiscales.

Y todo esto nos lleva hacia una tercera conclusión, o, más bien, conjetura. De seguir así las cosas va a existir una capa social no cualificada que cada vez va a tener más complicado encontrar un empleo. En este sentido, la necesidad de una renta básica universal se adivina perentoria, dadas las crecientes dificultades de esa gente en esta era post-industrial. Sin embargo, sería alienante resignarnos a una renta básica universal por no trabajar. Quizás pueda ser posible, precisamente gracias a los robots y a una nueva fiscalidad, obtener los recursos públicos para remunerar decentemente trabajos que hoy las administraciones, en su delgadez, no pueden realizar: cuidados sociales, mantenimiento de nuestro patrimonio cultural y natural, o tantos otros. Estaríamos hablando solamente de repartir la ganancia extra de productividad debida a los robots entre la sociedad y los propietarios del capital.

Simplemente un apunte final. Como ilustra el caso de Saint Quentin, en Francia, las ciudades, ante este fenómeno, tienen mucho que decir. Para que los nuevos empleos de alta cualificación que vienen de la mano de los robots florezcan en suelo urbano es necesario reapuntar adecuadamente las estrategias de desarrollo económico. Pensemos en las grandes plantas automovilísticas españolas: Renault, Seat, Opel, PSA… Y ahora pensemos en cuántos de los candidatos a alcalde de las grandes ciudades junto a las que estas plantas se asientan van a emplearse a fondo en construir el adecuado ecosistema para que los robots se diseñen en sus ciudades.

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