Y la tecnología mató a la clase media. Tyler Cowen “Average is over”

clasemediaAcabamos de terminar el libro de Tyler Cowen “Average is over”. En él, el economista estadounidense realiza un intento descarnado de predecir la evolución del mercado laboral, de la educación y de la ciencia en un mundo cada vez más tecnificado. La lectura era pertinente, pues parte de nuestro trabajo consiste en impulsar algunos de los procesos de cambio (aprendizaje y emprendimiento tecnológico, principalmente) que nos deberían permitir afrontar en mejores condiciones el futuro.

La primera parte de “Average is over”, Bienvenidos a la hiper-meritocracia, es una radiografía de las crecientes desigualdades que se dan en el mercado del trabajo. Los datos de los últimos 60 años indican que, en general, los salarios en el mundo desarrollado han disminuido, y que los empleos con salarios “tipo clase media” también. Cada vez es más difícil encontrar un trabajo en la media de la pirámide laboral, y cada vez esa media está más abajo. En contraposición con esta tendencia, los sueldos altos cada vez lo son más. Es decir, el resultado de las fuerzas que moldean el ámbito laboral desde hace décadas es que hay un gran ejército de “grandes perdedores” y una reducida élite de “grandes ganadores”.

Cowen, con frialdad de macroeconomista, divide los futuros puestos de trabajo en dos grandes bloques: el de los potencialmente reemplazables por una máquina, y aquéllos cuyas habilidades y funciones pueden hacer que las máquinas operen mejor. Más allá de la evidente simplificación, en industria, agricultura y servicios ya se observa esta tendencia. La globalización y la tecnificación pone las cosas muy difíciles a los trabajadores de baja cualificación.

¿Quiere decir esto que toda una generación occidental está condenada al desempleo o al sub-empleo? Es complicado de saber, pero es ilustrador comentar el caso de la comunidad de Saint-Quentin en Îvelynes (Francia), cuya estrategia de desarrollo económico tiene como uno de sus principales pilares el liderazgo en el sector de la robótica industrial. En palabras del senador Pierre André (Presidente de Saint-Quentin en Ivelynes) que visitó recientemente nuestro centro Etopia. Centro de Arte y Tecnología para explorar posibles alianzas:

“constatamos que nuestros obreros de las plantas de producción están siendo sustituidos por robots en fábricas repartidas por todo el mundo. Pues bien, haremos lo posible por inventar y manejar esos robots desde aquí”.

El futuro, por tanto, nos pone delante de un colosal desafío: el de conseguir, mediante medidas audaces de apoyo a la innovación y de transformación de la educación, dar la oportunidad a la siguiente generación de estar en el lado de los que programen las máquinas, las reparen, las reconfiguren y, sobre todo, las inventen.

La segunda parte (Lo que los juegos nos enseñan) contiene una original aproximación para ilustrar el perfil de los futuros ganadores en el juego laboral. El autor, un entusiasta del ajedrez, nos habla de la modalidad “ajedrez estilo libre” (“freestyle chess”). En ella, equipos mixtos formados por humanos y máquinas compiten entre sí, alcanzando un nivel de juego superior al de los grandes maestros (por otra parte, hace tiempo derrotados por las máquinas). Las mejores partidas de la historia las están jugando estos equipos, en los que la función de las personas, jugadores de nivel medio pero auténticos cerebros multi-tarea, es la de agregar información proveniente de diversos programas de ajedrez, orientar a la máquina en la estrategia general y solo intervenir en el juego en momentos cruciales.

Coincidiendo con las teorías de pensadores como Daniel Innerarity, la capacidad de seleccionar, agregar, y tomar decisiones cuasi-instantáneas en condiciones de sobrecarga de información (y por tanto, de desinformación en la práctica), se convierte así en una cualidad preciosa en un mundo cada vez más variable (o más líquido en palabras de Zygmunt Bauman, o más “estilo libre”, según la propia terminología de Cowen.) Hoy en día, son los programas de software o los sistemas electrónicos quienes intervienen en la mayor parte de nuestros desplazamientos, de las finanzas, de los seguros, y una buena parte de la ciencia y de la medicina. Es importante que, de cara a ofrecer más oportunidades a las futuras generaciones, las destrezas en estas cualidades vayan incorporándose al sistema educativo.

En la parte final de “Average is over” el autor, auto-reconocido como políticamente conservador, aboga por un nuevo contrato social en el que el estado deje mayor renta disponible al ejército de parias de la base de la pirámide mediante políticas fiscales más laxas y, fundamentalmente, mediante viviendas mucho más baratas (y de mucha peor calidad). No prevé, como consecuencia de las abusivas cláusulas de dicho contrato, un aumento de la conflictividad social, pues opina que los “grandes perdedores” se contentarán con vivir de las sobras del sistema a cambio de tener la oportunidad (teórica) de aspirar a los bienes de consumo de los de arriba.

La fascinación acrítica de Cowen por nuestros modernos sistemas de información parece una actualización, un siglo después, del futurismo de Marinetti. Al igual que el agitador italiano, las imágenes del futuro que la óptica política de Cowen capta poseen un tinte totalitario que nos inquieta. Estamos tentados de decir que esta última parte, en la antítesis del humanismo, podría habérsela ahorrado. Pero al contrario, agradecemos al autor la sinceridad a la hora de exponer unas ideas que probablemente han prendido de nuevo entre algunas élites políticas y económicas. Le agradecemos, en definitiva, que nos avise del oscuro porvenir que esas élites cocinan para nuestros hijos si no les equipamos con el bagaje de conocimiento que les permita tomar ese futuro en sus manos.

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