Jan Gehl. “Ciudades para la gente”

janGehlBrightonRoadVida, espacio público y edificios; en ese orden”. Es la sencilla idea acerca de cómo abordar el delicado oficio de la planificación urbana que Jan Gehl, influyente arquitecto y urbanista danés, trata de difundir a través de su obra y de sus trabajos en ciudades como Nueva York, Brighton, Copenhague, Sydney, Auckland o Adelaida.

Gehl (Copenhague, 1936) se reconoce seguidor de la “abuela” del urbanismo humanista, la gran Jane Jacobs, que con su aguda mirada a pie de calle, su activismo y su libro “Muerte y vida de las grandes ciudades americanas”, ayudó a que los urbanistas del siglo XX recordaran, tras décadas aquejados de la amnesia modernista que siguió a la irrupción de la cultura del automóvil, los procesos que impulsaban la vida en nuestros barrios y ciudades.

Y hablamos de “recordar” porque, como señala Jan Geh en su “Ciudades para la gente”, antes del siglo XX la vida de sus gentes y el diseño del espacio público solían preceder a los edificios en el orden de la construcción de las ciudades. Eran el puerto, el cruce de caminos, quienes daban lugar a actividades de intercambio de mercancías, a un mercado, a negocios laterales que se realizaban en torno a un espacio de cierto atractivo, a menudo una plaza. La vida primero, el espacio público después. Solo sobre esas sólidas bases pudieron luego aparecer los edificios: el foro, la gran catedral, y las manzanas de apartamentos y tiendas en los bajos.

Ocurrió, sin embargo, que el automóvil y el “shock de modernismo” (o síndrome Brasilia) que le acompañó cambió el orden del diseño urbano. Empezamos a construir suburbios para llevar una vida con jardín y piscina, allanamos plazuelas y ensanchamos callejas para hacer sitio al coche, desterramos a las personas a las aceras o las plantas superiores de los edificios, y dimos forma a ciudades, en definitiva, que respondían a nuestra manera de ver el mundo a 50, 60 y 80 Km/h: largas avenidas, manzanas de bloques uniformes y monótonos, ausencia de detalles, enormes vallas publicitarias, etc. En estas condiciones, huyen las personas de las calles y con ellas los comercios a pie de calle, la seguridad, y la vida.

Gehl nos recuerda lo esencial de diseñar ciudades a escala humana. El hombre es un animal bípedo que mira sobre todo al frente, un poco a los lados y hacia abajo y que se mueve a unos 5 km/h. A esta velocidad y con nuestro ángulo de visión, apreciamos escaparates, personas con las que nos cruzamos, detalles en los jardines, o el frescor de las fuentes. Herencia de nuestro pasado de presa y cazador, nos gusta tener las espaldas cubiertas y dominar un cierto campo de visión, por eso encontramos siempre gente sentada en los rincones, apoyados contra la pared, o poblando cualquier escalinata agradable.

Un buen conocimiento del hombre debería ser obligada tarea de todo urbanista y, sin embargo, los humanos somos los grandes olvidados de muchos desarrollos urbanos que se hacen en la actualidad. Cuando surcamos un nudo de autovías no es infrecuente ver edificios en construcción en medio de un páramo de polvo. Después urbanizamos el espacio, pero solo en el sentido de construir avenidas e infraestructuras que nos permitan llegar en coche a esos islotes de ladrillo. Finalmente tratamos de llevar a la gente, y finalmente esa gente acaba demandando servicios, colegios y parques. La vida llega con dificultad a esos archipiélagos de destierro, planteados justamente a la inversa de cómo Jan Gehl nos propone.

Gehl nos avisa, además, de que esos errores de planificación urbana se cobran un elevado precio. “Podemos moldear a las ciudades, pero al final las ciudades acaban también moldeándonos a nosotros”. La infancia de los niños que pueden jugar en la calle o ir andando al colegio no es igual que la que se pasa en el asiento de atrás del coche o del autobús escolar. En Estados Unidos hay un buen número de familias que, debido a los problemas de movilidad, no pueden proveerse de alimentos frescos. La educación, la salud pública, la seguridad y la riqueza social y cultural de nuestra sociedad en su conjunto depende en gran medida del modelo urbano sobre el que se asienta.

Junto a estas grandes líneas, Jan Gehl también se ocupa de los detalles. Cómo organizar calles y plazas: sus sombras, la altura de sus edificios, las terrazas, los bancos, los bajos comerciales, los jardines de las casas, para satisfacer nuestras necesidades más humanas: la charla, los encuentros, las compras diarias, la vista de un bello rincón, la protección ante las inclemencias del tiempo, el juego… Es ese exquisito cuidado por el detalle y ese acercamiento a lo minúsculo lo que convierte a Gehl en una especie de artesano del urbanismo y lo que justifica que comparta esta sección con otro mayúsculo artesano de lo minúsculo como fue en el siglo XIX William Morris. El arquitecto danés produce a escala de ciudad las ideas sobre el humanismo y la belleza que Morris insuflaba en sus escritos y conferencias: “todo hombre, a su escala, puede producir belleza – bien a través de la realización de un cuadro, de un vestido, de un mueble; y todo hombre igualmente debería tener derecho, en su vida cotidiana, a estar rodeado de objetos bellos”.

Siglo y medio después, más de la mitad de las vidas cotidianas que transcurren en nuestro planeta tienen las ciudades como escenario, y arquitectos como Jan Gehl trabajan para que esos escenarios públicos que son nuestras calles y plazas posean la belleza de lo útil, de lo sencillo, y de lo humano.

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3 pensamientos en “Jan Gehl. “Ciudades para la gente”

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