Pero… ¿otra incubadora de empresas?

Nos aventuramos a dibujar un escenario ficticio de una conversación habitual allá por 1931 en nuestro país, cuando se planearon y construyeron miles de escuelas. ¿De verdad necesitamos tanta escuela?

Eran tiempos en que la mano de obra era fundamentalmente campesina e industrial de muy baja cualificación y, consecuentemente, de mínimos derechos y retribuciones. Es incluso plausible que la misma pregunta “¿De verdad necesitamos tanta escuela?” se la hiciesen incluso muchos de los padres de los futuros estudiantes. Hasta para ver la salida evidente a un futuro negro es necesaria la pedagogía.

Hoy nadie discute el derecho universal a recibir una educación primaria y secundaria de calidad, como poca gente discute que nuestros jóvenes se enfrentan a un futuro lleno de dificultades, en el que la emigración es cada vez una opción más valorada, ante la perspectiva de sueldos bajos y derechos laborales menguantes. Hay, sin embargo, una creciente proporción de jóvenes que eligen plantarle cara al futuro emprendiendo. Y junto a ello, España sigue teniendo una de las tasas de emprendimiento más bajas. 

En este contexto, todo lo que la sociedad pueda realizar para maximizar las probabilidades de éxito de estos emprendedores constituye una inversión social por el futuro del país.

Facilitarles los aspectos más básicos de su negocio (asesoría fiscal, de márketing, laboral, contratos, telecomunicaciones), proveerles de un empuje comercial poniéndoles en contacto con nuevos clientes y mercados, introducirlos en redes para que contacten con otros emprendedores a nivel local, nacional e internacional, facilitarles la financiación (tradicional o de capital riesgo), mejorar las competencias del equipo, ayudarles a perfeccionar su producto y a adaptarlo al mercado, etc.

El generar los procesos anteriores sería ya razón suficiente para una decidida inversión pública en incubadoras de empresas sin necesidad de una rentabilidad económica inmediata a cambio. Ocurre, sin embargo, que alrededor de estas incubadoras se produce un fenómeno innovador de tal valor añadido que esa rentabilidad económica llega. Y lo hace más temprano que tarde.

Por ejemplo, la suma de las capacidades tecnológicas y de innovación de la comunidad de emprendedores, aplicada a la industria ya consolidada, permite a ésta no quedar descolgada de la innovación. Asimismo, estas nuevas incubadoras de empresas desempeñan un papel creciente como centros de conocimiento en el que se difunden nuevas ideas, procesos, y tecnologías. Su labor de “cantera” las hace especialmente valiosas para las redes de financiación de capital “semilla”. Y, finalmente, al vincular la actividad de apoyo empresarial y concentrarla en un espacio físico, hace que aquella se visualice y comprenda por parte de todos los agentes, externos e internos, de la innovación.

Necesitamos nuevas incubadoras de empresas, sean privadas, mixtas o públicas. En su planificación no importan tanto los posibles solapamientos de partida (ya que es tal la demanda y necesidad no cubierta de servicios de alto valor añadido para las empresas que las propias incubadoras se acabarán especializando, bien sea por servicios, bien por sectores) como la ambición a la hora de fijar la calidad de sus servicios de acompañamiento. En este sentido, el desafío para las administraciones públicas en un momento en que la iniciativa privada toma menos riesgos que nunca, es situarse permanentemente como punta de lanza de este tipo de servicios, mostrar el camino, demostrar a instituciones financieras, a la industria tradicional y a la sociedad en su conjunto el valor económico y social de las incubadoras de empresas. 

Estamos seguros de que, como ya ocurre en los emprendedores que utilizan estos centros, los emprendedores del mañana considerarán el acceso a servicios de incubación y aceleramiento empresarial un derecho. Serán entonces ellos mismos quienes responderán, con argumentos cargados de razones, a la pregunta de “¿para qué otra incubadora?”.

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6 thoughts on “Pero… ¿otra incubadora de empresas?

  1. las administraciones públicas tienen pocas vías de ayudar directamente a la actividad empresarial. Las incubadoras y viveros son, probablemente, una de las mejores. Hay otras, pero ésta es fundamental.

  2. Sí, mucho se habla de las ayudas al emprendizaje. Sin dejar a un lado las formas más tradicionales, las incubadoras permiten también visibilizar esas ayudas al proyectarlas en un lugar físico y hacerlas tangibles.

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