La smart city: una narrativa mural de historias

106_2211-alt-postitEl concepto de smart city ha evolucionado en los últimos años. Desde una perspectiva más tecnológica en sus inicios, como nos explicaban en 2008 William J. Michell y Federico Casalegno, hasta una visión más cívica como nos anuncia Anthony Townsend en su próximo libro. Dado que existen tantos modelos de smart city como ciudades, queda claro que no puede haber una teoría de la smart city. De hecho, incluso la ciencia de la smart city puede no ser tal, sino que se revela mirando hacia atrás y anotando el camino recorrido por cada ciudad. Es, pues, puro relato; un género más cercano a lo periodístico que a lo académico.

Lo que comúnmente llamamos proyectos de ciudad inteligente son, en realidad, proyectos tecnológicos al uso, necesarios para la industria que vende sus productos, y necesarios para la ciudad que se moderniza para disminuir costes, para proporcionar mejores servicios, o para ambos. Sin embargo, no son los únicos proyectos en que la ciudad y sus ciudadanos ponen en valor su inteligencia. Junto a estos proyectos, a menudo guiados por los sectores más técnicos de los ayuntamientos, hay niciativas de calado que suman y mucho a la inteligencia de un territorio.

La visión de una ciudad inteligente tomada solo desde un enfoque tecnológico resulta, pues, incompleta. El periodista, relator o fotógrafo, ha de apostarse en una variedad de lugares, mirar desde lo más alto colocando su objetivo urbano sobre un globo aerostático para fotografiar la ciudad a nivel macro, pero también hacerlo desde abajo, desde las micro-realidades de los lugares físicos y virtuales.

Recomendamos al relator de las historias de inteligencia ciudadana que se adentre con su cámara o libreta dentro de las instituciones, una buena medida del cambio. Puede comprobar allí cómo las inquietudes por la ciudad inteligente no se circunsriben solo a los departamentos de tecnología. Vivienda, conservación de edificios, medio ambiente, urbanismo, energía, movilidad e, incluso, contratación, están pensando en estas claves. Si está atento, en esta época podrá incluso tomar una instantánea de la creación en los ayuntamientos de áreas transversales de ciudad inteligente (un proceso realmente extraordinario), o de centros-laboratorio dedicados específicamente a ello.

Las universidades también ofrecen una perspectiva interesante. La mayoría de los proyectos de ciudad inteligente están abanderados por universidades que, junto a las ciudades, conforman tándems complementarios e imbatibles, unos como suministradores de conocimiento y tecnología, otros como plataforma de experimentación. Por los departamentos de ingeniería, de geografía, de administración de empresas, e incluso en servicios centrales de informática y comunicaciones, encontrará el reportero trabajos de ciudad inteligente en las áreas más variadas. No siempre ligados a la ciudad que las alberga, afortunadamente, porque el talento y las ideas son móviles. Se exportan y se importan.

Recomendamos al narrador inteligente que se adentre por los barrios: huertos urbanos, micro-economía de productos ecológicos, espacios de debate, de reunión y de aprendizaje. Librerías que son casi tanto centros culturales y de relación como tiendas. Que mire en los colegios y trate de captar los momentos previos al big-bang del movimiento maker que se está gestando. Familias en principio alejadas de la tecnología o de la innovación más clásica intuyen que sus hijos deberían ser partícipes de ello, miran el mundo a su alrededor y comprenden que muchas oportunidades pasan por no quedarse al margen.

Cada ciudad compondrá su propio modelo de ciudad inteligente sumando esta multiplicidad de vistas y ángulos, y cada modelo, aunque con puntos comunes, resultará necesariamente diferente. Reflejará tanto sus retos futuros (por ejemplo, el modelo de Río de Janeiro está fuertemente influenciado por los próximos JJ.OO), su ser (Zaragoza construye el suyo con una fuerte componente ciudadana pues uno de sus históricos puntos fuertes es su red de centros cívicos y sociales) o sus aspiraciones (Barcelona como capital mundial de las tecnologías móviles). Y, aunque el discurso hacia afuera necesariamente simplifique y oculte los complejos aspectos que conforman la inteligencia de la ciudad, hacia adentro podemos construir una narrativa mucho más individualizada.

Incluso la novedosa narrativa del gobierno abierto puede no resultar suficiente. Quizás debamos pasar en algunos ámbitos del oGov al co-Gov: gobernar conjuntamente espacios públicos que acojan las iniciativas que terceros proponen. Porque, en este relato personalizado de la ciudad inteligente, cada ciudadano, institución o empresa debe poder encontrarse en el collage de historias o instantáneas del gran mural que, entre todos, estamos componiendo. Un mural como metáfora de un proyecto transformador que propone un trueque justo y motivador en ambas direcciones. Y es que la ciudad necesita tanto esas aportaciones para su transformación como los distintos agentes la necesitan a ella para su crecimiento y desarrollo organizativo, empresarial o personal.

El éxito de la smart city consiste, en definitiva, en que nos acerquemos a ese mural de fotografías y, aunque sea achinando algo los ojos, podamos reconocernos en él.

 

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